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José María Albert de Paco

En un mundo algo menos disparatado, Antonio Baños no sería el hombre de moda en España, sino dependiente de la FNAC. Un dependiente eficaz que, en ocasiones, no duda en exhibir su hastío, dando así a entender que está ahí porque las circunstancias le han obligado a ello, y que, en cualquier caso, se trata de algo temporal, una mera escala técnica en su imparable camino hacia el premio Nadal. De hecho, hay momentos en que te mira como si ya lo tuviera en la vitrina; que sea un perfecto desconocido nada tiene que ver con su talento, sino con la mezquindad de un sistema que ya sólo valora el conformismo. En el chaleco (un chaleco, por cierto, como los que viste nuestro Baños) lleva prendida una chapa con la frase "I would prefer not to", no fuera a ser que la barba y las gafas no denoten el suficiente grosor intelectual. Quién iba a decir que ese aire de filósofo en horas bajas acabaría por rendir a la chica que vende los Apple, que no ve el momento, ay, de dejarse caer por la sección de librería y tentar a Antonio, el áspero y ocurrente Antonio, con una cervecita en el Glaciar.

En un mundo algo menos disparatado, Ada Colau sería monitora de comedor escolar, o mediadora intercultural, o bedel de universidad, o naturópata, o taquillera del Macba, o auxiliar de clínica en Nostra Senyora del Remei, o telefonista de Intermón-Oxfam, o cartera en Hospitalet, o camarera en un vegetariano, o payasa sin fronteras.

En un mundo algo menos disparatado, Artur Mas sería presentador de TV3, uno de esos presentadores que llevan en la cadena desde el primer día, y que han pasado ya por casi todos los departamentos de la casa, incluidos Castells, Deportes y Bolets. Ciertamente, ya no es aquel locutor al que bastaban un pestañeo y una leve, levísima sonrisa para rendir a las televidentes, pero aún conserva cierto charme. De hecho, esta misma semana ha recibido la propuesta de presentar el tiempo, lo que, sin duda, supone un digno colofón a su carrera. Ya se ve describiendo atardeceres en la Franja de Ponent y diciendo "calamarsa" como si la palabra fuera masticable. No es un destino que desagrade a su esposa, aunque claro, para ella no hay nada que se iguale a aquel "Tot esmorzant amb l'Artur i la Mari Pau". Y tiene razón, qué demonios, ¡eso sí que eran programas, y no lo de ahora!

En un mundo algo menos disparatado, Oriol Junqueras nos atendería en un colmado de la calle Fernando, cual mancebo de bata reventona que gusta de adular a las clientas. Su establecimiento, uno de los últimos del género ultramarinos que quedan en el barrio, ha resistido el embate de las grandes superficies, pero Oriol, el afable Oriol, observa preocupado cómo se le va avejentando la clientela. No hay más que ver al no menos afable señor Margallo, con el que, por lo demás, tanto disfruta conversando sobre historia. Un tipo instruido, este Margallo; español, sí, pero instruido.

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