Premio a Lévi Strauss

ZP y los Latin Kings

José García Domínguez
La instantánea de Zetapé repartiendo artillería en esa asamblea de los Latin Kings de ayer, no sólo constituye un testimonio pericial de que en sus principios jamás se pone el Sol. Más allá de eso, inmortaliza otro alarde de prodigiosa ventriloquia moral: ejercer al tiempo de comendador de la Media Luna Roja en Madrid, de capo de la banda de la triple corona –junto a sus pares, Chávez y Castro– en Caracas, y de Gandhi sin taparrabos en Marrakech. De tal modo que, contemplando el espectáculo que ofrecen las tres pistas de su circo ambulante, uno cree adivinar lo único que albergaría la cabeza de ZP: el catálogo completo de los Juegos Reunidos Geyper de la Estafa Ideológica. Mas yerra uno al barruntar así. Y la demostración de lo equivocado que anda acaba de ofrecérsela el tripartito catalán.
 
Resulta que los jefes de la Casa Nostra han otorgado el Premio Internacional de Cataluña a Lévi Strauss, asunto nada baladí y menos inocente. La prueba del nueve de que ésos nunca dan puntada sin hilo es que dejaron morir a Pla sin ofrecerle un triste caliqueño, al tiempo que laureaban mejor plumilla patrio a uno de Terra Lliure que le escribe las autobiografías a Puigcercós; vaya, que Maragall y Carod saben que están metiendo los euros del premio en el bolsillo correcto. Y es que el libreto del drama español contemporáneo lo redactó precisamente el viejo Lévi Stauss. Sí, ese fabricante de ladrillos de la Sorbona esconde el código que hace inteligible la lógica torticera que impulsa a Rodríguez y a la izquierda toda de Estepaís, ésa que lo escolta entusiasmada en su viaje sin retorno hacia la nada.
 
Desde que la Europa de las Luces creara el concepto de civilización fuimos hijos de la Ilustración. Y lo continuamos siendo hasta que el diablo inventó las máquinas de ciclostil; a partir de ahí, la barbarie. Porque fue por esa vía –la de fotocopias urgentes que habrían de regurgitar ante los compañeros penenes llamados a abrirles un hueco en la orlas– como llegarían ellos al relativismo cultural; a ese desierto intelectual por el que hoy vagan a la deriva. Su “alianza de civilizaciones” no es más que eso: el apresurado plagio al ciclostil de una mala traducción del original redactado por un nihilista suicida.
 
Raza y cultura, el Libro Gordo de Petete de la UNESCO cometido por Lévi Strauss: Muera la Enciclopedia, expulsad al individúo de la tarima de los valores supremos; en nombre de la cultura, avergonzaos de vuestra cultura; en nombre del progresismo, escupid sobre la tumba de Voltaire; en nombre de la libertad, respetad el derecho de los esclavos a su identidad cultural de esclavos; llamad civilización a la barbarie; y, sobre todo, no os olvidéis de armar las fragatas de vuestros sepultureros.
 
Otro francés, Alain Finkielkraut, llama a eso la derrota del pensamiento; Rodríguez y sus iguales, “nuestro talante”.  
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