¿Y si Podemos desbanca al PSOE?

José García Domínguez

Es bien probable que el PSOE asista a estas horas a las vísperas de su particular Waterloo. Porque lo normal, lo normal en términos estadísticos, será que el sumatorio de la otras izquierdas lo vuelva a superar, no ya en votos populares, igual que sucediera el diciembre pasado, sino también en escaños. Algo que tendrá consecuencias inmediatas, primero sobre el precario cuello de Pedro Sánchez y después sobre la política toda española. Con las salvedades de rigor, que son muchas, ese escenario tan inminente recuerda al de la Italia previa al desmoronamiento de la Unión Soviética. Como aquí y ahora, allí y entonces un pilar de la izquierda domesticada, por lo demás también proclive siempre a la plácida convivencia con la corrupción institucional, el Partido Socialista del cleptómano Craxi, se vería eclipsado en las urnas por una siglas, las del PCI, que, si bien con gramsciano guante de seda, llamaban a la ruptura con el statu quo. Un propósito que los gendarmes del orden estratégico de Occidente, eso que en su día se llamaban los poderes fácticos, simplemente, no podían tolerar. Y, de hecho, nunca lo toleraron.

Al punto de que el Partido Comunista Italiano, pese a su definitiva hegemonía en el ámbito de la izquierda y su muy notable peso electoral, jamás formó parte del Gobierno. Jamás. Lo cual no quiere decir que la sombra amenazante de su presencia no influyera, y de forma intensa además, en las grandes líneas maestras de las políticas de los distintos primeros ministros del país. De hecho, no se acaba de entender el denso, inextricable, laberíntico entramado clientelar típico de la política italiana, el que ha sobrevivido intacto hasta hoy mismo, sin reparar en la necesidad imperiosa de comprar voluntades, sobre todo en el sur profundo, para frenar el acceso de los comunistas al poder en Roma. El subsidio estatal crónico para mantener a la población del Mezzogiorno fijada al territorio era, en el fondo, el precio económico que había que pagar a fin de que la democracia cristiana y sus satélites, el resto de los partidos menores del sistema, retuviesen sine die el control institucional en el conjunto del país.

Y aquí puede que pase otro tanto de lo mismo. La líder del Partido Campesino, Susana Díaz, esa reina del Sur que acaba de abrir la veda para la caza y captura del aún secretario general del PSOE, ya se postula para convertirse en uno de los dos o tres polos de influencia que configuren el nuevo equilibrio peninsular. Y como en la Italia meridional del eterno subdesarrollo subsidiado, las reformas bienintencionadas de los regeneracionistas de cátedra, al final, se quedarán también amontonando polvo y olvido en los cajones de los despachos ministeriales. De Despeñaperros para abajo (y para arriba) habrá que subvencionar todo lo subvencionable, primar todo lo primable y apañar todo lo apañable con tal de frenar la carrera de Podemos hacia la Moncloa. El populismo, mucho me temo, se combatirá con más populismo. Y del caro. Si no queríamos caldo, dos tazas. Allá por la Transición, cuando las primeras elecciones democráticas, los del Movimiento Comunista imprimieron unos carteles que rezaban: "Gane quien gane, tú pierdes". Pues eso.                       

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