Estatuto

Y ahora, la nación de Breogán

José García Domínguez

Si de mí, que soy hijo y nieto de gallegos, dependiera, el inminente Estatuto de Galicia incorporaría a modo de preámbulo aquella canción que Brassens dedicó a todos los idiotas que son felices por haber nacido en algún lugar. Pero los socialistas, que como es fama descienden de André Breton, preferirían consagrar el preambuliño a la gloriosa "nazón de Breogán". Y así lo acaba de manifestar su nuevo cuadillo pedáneo, un Pachi Vázquez al que Dios confunda. De tal guisa, fulminantes, los efectos secundarios de la sentencia del Estatut ya amenazan con desplazan el foco de la acción del drama a la comedia bufa.

Y es que ese asunto podría tener viabilidad lógica como marca de algún sucedáneo del lacón con grelos, al modo de ciertas fabadas asturianas en conserva. Pero en tanto que fuente de legitimidad tribal, la nación de Breogán posee idénticas credenciales históricas que la flauta de Bartolo, la navaja de Ockham o la trompa de Eustaquio. Unamuno, que tan bien conocía el percal celtíbero, solía repetir que el galleguismo es como uno de esos trajes regionales que cuando van desapareciendo los visten los señoritos en Carnavales. E indicio de que no andaría muy equivocado es el apoyo en las urnas que cosechó el primer Estatuto, el de 1936. Un noventa por ciento de los hijos putativos de Breogán optó entonces por abstenerse; al punto de que Avelino Pousa, histórico dirigente del Partido Galleguista, confiesa en sus memorias que recurrieron al "santo pucherazo" con tal de poder alumbrar la autonomía.

Después, en 1980, arribaría un segundo referéndum, el de la anhelada recuperación del autogobierno. Resultado: el setenta por cien de la "nazón" se volvió a quedar en casa. Entusiasmo particularista no muy lejano al actual, por cierto. De ahí que, tozudas, todas las encuestas del CIS certifiquen que más de tres cuartas partes de los gallegos se consideran una simple región de España. Aunque, puestos a aberrar, mejor que transcriban en el BOE lo que el genuino padre del invento, Castelao, sentenciara en Sempre en Galiza: "La teoría de Stalin sobre el problema nacional concuerda, en absoluto, con los sentimientos permanentes de Galicia, traducidos en palabras que el pueblo gallego supo pronunciar por boca de los galleguistas". Sea.

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