Vuelve el volcán griego

José García Domínguez

El maldito euro es como la pasta dentífrica: extraerla del tubo resulta muy sencillo, sencillísimo; volver a introducirla en cambio, supone empeño imposible para cualquier chiflado que lo intente. Al igual que España, Grecia nunca debió renunciar a una moneda propia a fin de ligar su destino al marco alemán con otro nombre, un traje demasiado grande para la modesta talla que requeriría su enclenque aparato productivo. A imagen de lo que nos sucede aquí, el euro para ellos es como caminar por la vida con unos zapatos tres o cuatro números más grandes de los que les tocarían. Lo malo es que ese asunto no tiene remedio. A trancas y barrancas, Argentina pudo deshacerse de su propio euro (la paridad fija con el dólar no era otra cosa) porque aún conservaba una divisa nacional. Pero ni Grecia ni España poseen tal rémora de la soberanía.

En consecuencia, desde que Atenas (o Madrid) anunciase su salida del euro hasta la resurrección del dracma (o la peseta) debería transcurrir, como mínimo, un año. Doce meses, el tiempo suficiente para que Atenas (o Madrid) presentara el mismo aspecto que los alrededores de la central nuclear de Chernovyl. Ya se sabe, la pasta de dientes. Sus élites engañaron a Bruselas. Y las nuestras se engañaron a sí mismas. Bien mirado, no sé qué es peor. En cualquier caso, no hay marcha atrás posible. Ni para ellos ni para nosotros. Más pronto o más tarde, Syriza va a ganar las elecciones en Grecia. Pero Syriza no va a sacar a Grecia del euro. Algo que no ha de ser obstáculo para que los mercados vuelvan a la histeria, su estado natural en los últimos tiempos, en cuanto se anuncie el adelanto electoral.

Y ello pese a que solo los contribuyentes de la UE tendríamos algo que perder ante un hipotético repudio de la deuda. A fin de cuentas, nosotros, los ciudadanos europeos, somos los dueños exclusivos del 80% de todos los títulos en circulación del Estado griego tras la última quita. Por lo demás, un cuarto de billón de euros imposibles de cobrar. Pretender lo contrario es de locos. Pero Berlín y Bruselas siguen llenas de locos convencidos de que un país puede saldar una deuda superior al 170% de su PIB sin crecer. Los tipos que creen en los marcianos resultan mucho más sensatos en comparación. La austeridad extrema está destruyendo Grecia en nombre de una fantasía quimérica, insensata, pueril. E iría siendo hora de que alguien en el Norte empezara a comportarse como un adulto, que se aceptara de una vez la realidad. La deuda impagable de Grecia se tiene que reestructurar. Y la de España, también. Quizá Syriza no forme parte del problema sino de la solución.

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