Plan de Juventud

Vivan las caenas del acné

José García Domínguez
Federico Fellini, cuya mayor ventura fue morirse sin tener noticia de que por Salamanca ya gateaba un tal Jesús Caldera, escribió, irritado: “Yo me pregunto qué ha podido ocurrir en un momento determinado, qué especie de maleficio ha podido caer sobre nuestra generación para que, repentinamente, hayamos comenzado a mirar a los jóvenes como a los mensajeros de no sé qué verdad absoluta. Los jóvenes, los jóvenes, los jóvenes… ¡Ni que acabaran de llegar con sus naves espaciales! (…) Sólo un delirio colectivo puede habernos hecho considerar como maestros depositarios de todas las verdades a chiquillos de quince años”.
 
Bueno, pues, desde ayer, ya sabemos por qué vía se multiplicará la infección entre nosotros: a través cráneo privilegiado del ministro de Trabajo y Asuntillos Sociales. Se apellida el germen de la inminente epidemia “Plan de Juventud del PSOE para 2005-2008”, y representa una de las mutaciones más virulentas que haya experimentado jamás el virus del SIDA mental que asola a la izquierda desde aquellas vacaciones escolares de 1968. Así, en esa papelina, con respecto a la democracia, sentencian los imberbes que ilustran a Caldera: “está supeditada a unos modelos de ejercer la ciudadanía bastante anacrónicos con respecto a las formas de pensar y actuar de los propios jóvenes”.
 
Aquí, desde que Maravall suprimiera el Bachillerato, ya no queda nadie menor de cuarenta años que sepa qué significa la palabra oxímoron. De ahí que el teenager Caldera construya alegremente ése al colocar seguidos los vocablos juventud y pensamiento. Porque los jóvenes, por definición, piensan poco y mal. Y les ocurre así hasta el día en que les sale la primera cana, que, salvo en el caso del ministro, suele coincidir con el instante de abandonar, por fin, el universo pueril y entrar en la vida adulta. Pero a la juventud, que hasta hace un rato únicamente era un proceso de la biología, también quieren convertirla en categoría ontológica, como ya han hecho, por ejemplo, con la pilila o la aldea en la que, por casualidad, nació uno. De ahí ese Plan Caldera de Vileza en Siete Días.
 
Durante el siglo XX no hubo gobierno liberticida que no adulara hasta la nausea las “formas de pensar y de actuar” de “los jóvenes”, oponiéndolas a la ética civil del capitalismo liberal. Nada hay de original, pues, en el proyecto de Caldera para politizar el acné. Como tampoco nada hay más opuesto a la “cultura juvenil” que la cultura de verdad, ese óxido que envejece a los individuos al dotarlos de una memoria que sobrepasa su propia biografía, ese ácido que corroe la placenta del “nosotros” y que fuerza a decir “yo”. Aquel viejo farsante que se presentaba como Tierno, quiso comprar a los no adultos con la “cultura del porro y a colocarse todos”, y ahora, Zetapé los acunará en la “cultura del condón y el desprecio por la democracia representativa”. Siempre a ritmo de rock y buen rollito, que vivan las caenas de la infancia interminable.
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