Variaciones sobre el cuento de la lechera

José García Domínguez

Es sabido, cada instante histórico fija el molde psicológico de sus dirigentes. La Europa épica empeñada en renacer de las cenizas exigía líderes dispuestos a echar un pulso a las circunstancias. Y a ganarlo. Adenauer, De Gualle, De Gasperi, estaban fabricados de esa pasta. Era cuando el poder político todavía se sentía seguro de sí mismo. Nadie entonces imaginaba que el Leviatán pronto habría de humillar la cerviz ante una criatura etérea que responde por los mercados. Al respecto, sería Giscard el pionero en encarnar la estampa exigida por los nuevos tiempos, esto es, la del gestor público como un castrato. Así, cuando la crisis del petróleo, por vez primera un presidente de la orgullosa Francia comparecía en la televisión exhibiendo su definitiva impotencia. Grosso modo, confesó a sus conciudadanos que no había nada que él pudiera hacer: otros, muy lejos, tomaban las decisiones. El dogma de la inevitabilidad acababa de ser fijado. Y lo de Rajoy no deja de constituir una variante brumosamente galaica de ese canon.

Nos hemos quedado sin saber, pues, si sube o baja por la escalera del rescate; si algo hará con las pensiones, ésas con las que "de momento" nada quiere hacer; si recortará los impuestos que nunca jamás pensó subir... hasta que tuvo la no ocurrencia de hacerlo. Todo se lo tiene que pensar muy mucho. Todo salvo el peso del interno Bolinaga – cuarenta y siete kilogramos exactos–, el único dato numérico que el presidente del Gobierno de España parece manejar sin dejar margen alguno a la incertidumbre. Por lo demás, no se nos hurtó la posibilidad de oír de nuevo, y narrado varias veces, el bonito cuento macroeconómico de la lechera. Ya saben, primero se redujo el déficit, luego volvió a fluir el crédito, a continuación emergió la inversión, acto seguido se crearon muchos y muy variados puestos de trabajo, más tarde...

Y es que, por si alguien no se ha enterado, lo más importante aquí es el déficit. Ergo, se va a obligar a las CCAA a cumplir el fijado para 2012. Aunque al presidente se le olvidaría explicar un detalle baladí, a saber, cómo se puede doblegar su terca renuencia a obedecer. Algo que la Constitución de 1978 prevé, y que se antoja tan sencillo como lo que sigue. De entrada, procedería obtener una mayoría de dos tercios tanto en el Congreso como en el Senado. Acto seguido, habría que disolver las Cortes y convocar elecciones generales. Después, se impondría que ambas cámaras aprobasen la reforma pertinente también por dos tercios. Por último, un referéndum nacional habría de convalidar la efectiva transferencia de los poderes regionales al Ejecutivo. Y mientras eso no ocurra, nadie toserá a las comunidades. Ya puede ir Montoro enviándoles hombres de negro, de gris marengo o vestidos de lagarterana. En fin, tras casi un año, Rajoy ha hablado en RTVE. Es lástima que no haya dicho nada. 

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