España

Una nación a la deriva

José García Domínguez
Cuenta Cesare Pavese que el fascismo empezó a ganar definitivamente la partida en un vagón destartalado que atravesaba el sur profundo de Italia. Era verano, hacía un calor pegajoso; los pasajeros, agotados, trataban inútilmente de dormir; chorreaban sudor todos, agolpados unos contra otros. El traqueteo desacompasado del convoy, los asientos de madera, el humo de la chimenea y el ruido, se aliaban para hacer insufrible la lentitud de la máquina. De repente, un camisa negra se puso en pie y dio en parlotear con voz estridente. Berreaba sandeces sobre el pueblo y la patria. Aquel hombrecillo se iba excitando cada vez más, y comenzó a teñir de amenazas lo que para entonces ya se había convertido en una arenga. El tipo parecía incansable. Y lo era. De todos modos, las falacias que escupía a borbotones podrían haber sido desmentidas y ridiculizadas por muchos de los que recorrían las vías a su lado, mas ninguno lo hizo. Todos permanecieron callados durante la travesía: les pudo la fatiga y el sopor y, además, no lo tomaron en serio. Así, el hombrín grotesco continuó hablando y hablando sin que nadie le replicase, hasta que el tren llegó a su destino. Concluye Pavese que seis meses después de aquel viaje, comenzaría el otro, el definitivo: la Marcha sobre Roma.
 
Aquí, está a punto de ocurrir lo mismo. Hace medio siglo, unos oscuros maestros provincianos empezaron a reescribir la Historia para que los hechos del pasado fueran acordes a su resentimiento gárrulo, y otros tantos charlatanes de aldea izaron la voz repitiendo aquellas falsedades. Durante todo ese tiempo, nadie, absolutamente nadie, en la izquierda respondió al carrusel de mitos y falsificaciones. De ahí que ellos continuaran gritando y gritando, puesto que entre su auditorio ninguno gastó un minuto en acopiar argumentos que los hicieran callar. Y así, hasta hoy. Hasta que ha llegado a la Presidencia del Gobierno un pobre hombre que ya no sabe qué ni quién es. Que no se atreve a reconocerse en su cargo, ni en su país. Que nació con la derrota grabada en su interior, porque él ya pertenece a la primera generación crecida en la indigencia intelectual y moral sobre la realidad nacional de España.
 
Ahora, sabemos que el cantante Raimon Pelejero tenía razón: quien pierde los orígenes, pierde la identidad. Y la izquierda vendió la suya el día que empezó a interiorizar el relato de sus compañeros de viaje; justo en el instante en el que se quiso inferior y culpable, precisamente frente a ellos, que la desprecian, no por izquierda, sino por española. Igual que sabemos que el verdadero drama no es ése con el que amenazan Maragall y Carod, al cabo dos polillas insignificantes; ni el plan de esas otras dos, Ibarretxe y Otegi. El único drama, el terrible, es que la madera del barco que se han lanzado a carcomer hace medio siglo que está podrida por dentro.
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