Un malo de tebeo y un país de juguete

José García Domínguez

Un malo de tebeo, Kim Jong Junior, o un país de juguete, Chipre, pueden causar hoy conmociones sísmicas de escala planetaria. Al final habrá que darle la razón al camarada Mao: Occidente es un tigre de papel. Y si no lo es, lo parece. Qué lejos los tiempos del viejo Imperio británico. Está en los libros, en 1850, lord Parmertson, el secretario de Estado de la reina Victoria, ordenó a la armada bloquear El Pireo y capturar todos los barcos de bandera griega allí fondeados. Lo hizo solo para dar cumplida satisfacción a la demanda de un ciudadano inglés residente en Gibraltar, cierto don Pacífico, honrado comerciante a quien el Gobierno de Atenas adeudaba treinta mil libras esterlinas. Nadie se reía de la pax britannica.

Inimaginable por aquel entonces lo que en, 1994, le sucedería en Singapur a un tal Michael Fay, estudiante norteamericano por más señas. Tras garabatear un graffiti en una pared, al insensato de Fay le cayó una condena de diez latigazos. De bien poco sirvieron luego las súplicas de unos Estados Unidos en la cumbre de su hegemonía planetaria ante el dictador local. El castigo, lejos de serle conmutado, apenas se redujo de diez a cinco golpes de correa. Una ridícula, minúscula, insignificante ciudad-estado se permitía humillar en público a los amos del mundo. Con total impunidad, por cierto. Otra época. El orden económico de la era liberal previa a 1914 se asentó en la firme decisión de Gran Bretaña para usar su poderío marítimo allí donde hiciese falta.

En clamoroso contraste, y pese al efímero espejismo neocon, los Estados Unidos coquetean con su añeja querencia absentista. Pretenden implantar la utopía de la Ilustración, un único modelo económico, político y cultural –el capitalismo democrático– en el planeta, aunque sin acceder a abonar el precio financiero y humano que, desde Roma, todo poder dominante ha conllevado siempre. Igual que Alemania, una recién llegada al sanedrín de los elegidos que rehuye como gato panza arriba su responsabilidad histórica. Merkel ansía la primacía continental, pero sin sus costes; cargas pesadas que, no obstante, resultan irrenunciables si se pretende el genuino liderazgo. Tanto en Berlín como en Washington, es lo que hoy hay: prosaicos gestores, vulgares contables. He ahí el drama.

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