Un fantasma recorre España

José García Domínguez

Un espectro recorre España: el fantasma del populismo. Un populismo tan transversal como ubicuo que ha sabido transitar desde la demagogia convertida en espectáculo periodístico por los mass media hasta la praxis política de todo el arco político sin excepción. Una epidemia que ha terminado por hacer por completo indistinguibles los discursos canónicos de la casta y de la pretendida anticasta. La misma moralina barata en todas partes. A diestra y a siniestra, el mismo rancho, ese cargante puritanismo neocalvinista que igual predican desde la derecha más atrabiliaria que desde sus antípodas en la extrema izquierda más tronada, pasando por los mil regeneracionistas que hoy nacen en España debajo de cada piedra. Si no quieres caldo, cien tazas. A falta de ideas generales sobre la naturaleza profunda de la crisis, aquí se ha impuesto un relato pueril que pretende atribuir el colapso que vive la economía toda al trinque y la mamandurria.

El derrumbe del aparato productivo hispano obedecería a los turbios enjuagues de cuatro concejales de Urbanismo, las maquinaciones de otros tantos consejeros autonómicos algo mangantes y a los negocios turbios de media docena directivos de cajas de ahorros. Un cuento de jardín de infancia que increíblemente se ha instalado en el sentir general del país como la gran verdad incuestionable. ¿A qué tanta extrañeza y tanto rasgar de vestiduras, pues, por el éxito electoral de Podemos? Al cabo, más allá de la estética vagamente guevarista, el fondo y las formas de ese Pablo Iglesias Ful recuerdan mucho más al día a día de la política española que al chavismo bolivariano que todos le atribuyen. Iglesias es un charlatán populista más castizo que las farolas de Serrano.

Su lenguaje simplista y maniqueo nada tiene que ver con el árbol genealógico del marxismo, ni tampoco con los clásicos del pensamiento revolucionario. Tan difícil de definir en abstracto y tan reconocible siempre a primera vista, lo suyo es puro populismo en su variante celtíbera. Al respecto, si hubiese que buscar un elemento común a todos los populismos lo encontraríamos en el repudio de la reflexión teórica en beneficio exclusivo del sentimentalismo. El populista apela a todas las vísceras de su audiencia, a todas salvo al cerebro. Tres elementos hay comunes a cualquier populismo. Por un lado, la idealización del pueblo, siempre puro y angelical. Por otro, la relación directa y vertical entre el líder y las masas (jerarquización que hoy se impone desde los platós de la televisión). Y por último, un esfuerzo permanente para deslegitimar las instituciones del propias de la democracia liberal, fuente última de la podredumbre del "sistema". Huelga decir que Iglesias cumple las tres a rajatabla. Desengañémonos, el malo de moda, Pablo Iglesias Ful, no es más que la enésima deformación grotesca de la realidad española reflejada en los espejos cóncavos de este inmenso Callejón del Gato. Otro charlatán. Apenas eso.

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