Trump puede ganar

José García Domínguez

Trump puede ganar. Lo prueba ese descalabro súbito de las principales bolsas del hemisferio occidental, con la norteamericana a la cabeza, al que estamos asistiendo en vísperas del gran día. Un descalabro desconcertante, por lo demás. A fin de cuentas, se suponía que el Partido Republicano era la expresión política de los de arriba, el partido volcado en defender con uñas y dientes los intereses de los ricos que no quieren pagar impuestos y ansían desmantelar lo poco que aún queda en pie del New Deal. Y sin embargo, paradoja de las paradojas, los dueños del Dinero (con mayúsculas), desde los consejos de administración de las grandes corporaciones transnacionales a Wall Street, parecen alarmados ante la eventualidad de que el ciclón Trump recale en la Casa Blanca. ¿Cómo explicarle a un marciano recién llegado a la Tierra con su platillo volante que el multimillonario zafio y gañán de los comentarios sexistas y racistas resulta ser el candidato favorito de la clase obrera, mientras que la señora progresista que apadrina el inmaculado Obama tiene detrás a todos los poderes económicos de su propio país y del extranjero? Si a nuestro marciano lo hubieran instruido sobre los conceptos de izquierda y derecha antes de emprender su gira galáctica, sin duda, terminaría concluyendo que este planeta nuestro resulta incomprensible.

No obstante, si el atónito alienígena me pidiese consejo, yo le recomendaría leer a Marx, autor al que siempre hay que volver porque, si bien se equivocó en todo a propósito del comunismo, en cambio comprendió mejor que nadie la esquizofrenia intrínseca del capitalismo, esa tendencia innata que le impulsa a minar las bases sociales y culturales de su propia existencia. "Todo lo que es sólido se disuelve en el aire", anota Marx con premonitoria clarividencia en el Manifiesto de 1848. Y, sin embargó, erró en lo principal. Él vivió y murió convencido de que quien acabaría con la burguesía, sus valores y sus tradiciones sería el comunismo. Pero, contra todo pronóstico histórico, ha sido el propio capitalismo quien ha hecho ese trabajo. El fenómeno Trump no se puede entender sin la hiperglobalización, ese proceso de honda mutación del orden económico mundial que se viene desarrollando a ritmo cada vez más acelerado desde los últimos treinta años. Un proceso que, en Estados Unidos como en muchas otras regiones del antiguo mundo desarrollado, está acabando de un plumazo con las viejas certezas pétreas a las que alude Marx en ese aforismo del Manifiesto comunista. Certezas que tenían que ver, sobre todo, con la seguridad laboral y los altos salarios garantizados de por vida. Certezas periclitadas de un mundo que fue, pero que ya no es.

De ahí salen los votos de Trump, de los perdedores de la hiperglobalización en Estados Unidos. Pero no de todos los perdedores, sino única y exclusivamente de los blancos. Porque el otro gran error de Marx fue dar por seguro que la economía determina todas las relaciones sociales. Que no es así lo acredita, sin ir más lejos, el racismo de los votantes blancos y pobres que siempre votaban al Partido Demócrata a nivel federal, allí donde se deciden las políticas económicas que les convienen, pero que en sus propios municipios y condados rechazaban por sistema a los candidatos locales que propugnasen subsidios y demás transferencias con destino a las minorías, en especial negros e hispanos. Y el racismo, esa patología cultural cada día más presente y menos disimulada en el Partido Republicano, acaso tuvo su origen remoto en la economía, pero hoy guarda escasa relación, si alguna hay, con ella. De ahí que esos dos herrumbrosos armatostes conceptuales, izquierda y derecha, de muy poco sirvan para interpretar lo que está ocurriendo, igual en Estados Unidos que en Europa. Así, en los estados con mayor presencia de inmigrantes desde la década de los ochenta a Clinton le está yendo mejor en las encuestas de lo que era habitual para los demócratas de esos distritos electorales. Por el contrario, en los estados que no han recibido flujos migratorios de importancia, y muy especialmente allí donde la proporción de clase obrera blanca continúa siendo alta, a Trump le está yendo mejor que a los otros candidatos republicanos que le precedieron. Trump ha movilizado claramente tanto a las minorías (en contra) como a los blancos de clase obrera (a favor). Por desgracia, Marx estaba equivocado: la cultura, y el racismo es cultura, pesa tanto o más que los intereses económico en el sentir de los votantes. Lo dicho, puede ganar.

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