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Tronko, apaga y vámonos

José García Domínguez

"Tronco, yo no corono rollos con bombo". He de confesar que lo primero que me vino a la mente cuando, ayer, leí esa "frase" en un titular del periódico fue cierto rostro, uno nada fácil de confundir con el de Kant por cierto. Aquella imagen que había irrumpido súbitamente en mi imaginación era, como quizá el lector ya habrá adivinado, la cara del alcalde de Getafe, ese tal Castro que barrunta que hay que ser rematadamente tonto log cojoones pa no votarle a él. Así, de entrada, di por supuesto que el enunciado apelaría al título de alguna conferencia suya en el Ateneo o, tal vez, a un discurso protocolario ante una representación del Cuerpo Diplomático de visita en la FEMP.

Luego, no me pregunten por qué, pensé en otro célebre epígono de la Ilustración, el diputado Tardà. Aunque al Joan lo descarté de inmediato. No, aquella ocurrencia mía era absurda: él jamás habría tenido "rollos" con la corona, ni con bombo ni sin bombo. En fin, antes de toparme con la cruda verdad, todavía barajé una tercera conjetura, que en el fondo representaba la hipótesis de trabajo más verosímil a priori. Y es que, bien mirado, el enunciado de ese llamémosle texto tenía que proceder necesariamente del Proyecto Gran Simio. Sin duda, pensé, nuestros científicos están logrando extraordinarios avances en el laboratorio con los chimpancés y ese rudimentario sintagma, que tal vez algún día pueda ser traducido al lenguaje humano por los expertos, debe constituir la prueba del nueve de sus esperanzadores resultados.

Pero... no. Muy al contrario, tales sonidos elementales concatenados entre sí –"tronco, yo no corono rollos con bombo, yo sólo con condón, con condón y floto pronto (...) Con koko, yo gozo mogollón"– representan, por lo visto, la única manera eficaz de transmitir un mensaje sanitario a los adolescentes de la octava potencia económica del mundo, los futuros herederos de un país que lleva décadas invirtiendo cada año algo más del cuatro por ciento de su PIB en un sistema educativo gratuito, universal y obligatorio para todos sus ciudadanos hasta que cumplen la nada despreciable edad de dieciséis años.

O sea que, tronko, apaga y vámonos.

Adenda:

Incluso aquel que tiene la desgracia de nacer en un país con una gran literatura debe escribir en su lengua como un judío checo escribe en alemán, o como un uzbeco escribe en ruso. Escribir como un perro que cava su agujero, como una rata que construye su madriguera. Y, para ello, encontrar su propio punto de subdesarrollo, su propia jerga, su propio tercer mundo, su propio desierto.

Kafka, Gilles Deleuze y Félix Guattari.
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