Congreso PP

¡Totus tuus, Mariano!

José García Domínguez

Prueba de que no hay en el mundo fármaco más eficaz con las heridas ideológicas que el jamón de Jabugo, el rajoyismo va a salir de la performance sevillana del PP convertido en un arma cargada de futuro. Amén, pues, del besamanos al líder y de las preceptivas adhesiones incondicionales, la excursión apenas habrá de servir para que el postulante Arenas disponga de sus cinco minutos de gloria en los telediarios. Y solo porque esa pobre gente, los periodistas, tienen que ganarse la vida, se perorará luego con grave ademán de que fulanito sale reforzado, menganita consolidada y, sin embargo, zutanito, el prometedor zutanito, eclipsado. Collonades, que diría el maestro Pla. La señora Cospedal, que ya venía ocupando con alguna diligencia el empleo de consejera-delegada, será, según parece, ratificada en la plaza. Y poco más cabe añadir.

Porque en la derecha española, que siempre ha sido posmoderna sin saberlo, se considera que es de mala educación hablar de política. Hábito que, con un siglo y pico de retraso, ha venido a imitar ahora la izquierda. Repárese, si no, en el apasionante choque de cosmovisiones entre Rubalcaba y la Chacón. Fiel a esa tradición, resulta mucho más arduo dar con una aportación doctrinal en el cónclave conservador que identificar la influencia de Luis Cernuda en la prosa de Belén Esteban. Narváez, que según confesó al cura en el lecho de muerte no pudo perdonar a sus enemigos porque los había fusilado a todos, sostenía que gobernar es resistir. Rajoy, en cambio, cree que es saberse de carrerilla la Ley de Bases de Régimen Local. De ahí que únicamente admita a su vera a abogados de Estado y empollones sobradamente contrastados. Esa gente de la que en Venezuela se dice que tiene pupitre pero que le falta burdel.

Acaso algo exagerada, la reacción natural de los anticuerpos tecnocráticos frente al leirepajinismo quizá explique el triste sino de, por ejemplo, el locuaz González Pons. Los que se batieron en Normandía no desfilarán, ¡ay!, en París. Por lo demás, ni Marx, ni Keynes, ni Hayek, ni Popper, al final, se ha impuesto don Gonzalo Fernández de la Mora. Así, en el crepúsculo festivo de las ideologías, los congresos de los partidos resultan arcaísmos dignos de un parque jurásico.¿Por qué seguir manteniendo esa ficción decimonónica y no elevarlos a la dignidad estética del circo, a imagen de las convenciones de demócratas y republicanos yanquis?

Déjense de tediosas ponencias programáticas que nadie va a cumplir y repartan de una vez globos, confetis y matasuegras entre los compromisarios. A los votantes les será indiferente y los telespectadores, en cambio, lo agradeceremos. Sea.

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