El contramanifiesto

Tontos útiles

José García Domínguez

Los que hemos sido comunistas antes que frailes siempre recordamos con especial ternura a un personaje imprescindible en todo aquel asunto gramsciano de ocupar los "aparatos ideológicos". Me refiero al tonto útil, un clásico en el vasto arsenal de títeres que todo partido marxista-leninista que se preciase debía manejar entre bambalinas con tal de influir en ciertos "colectivos" –había que decirlo así, aunque uno supiera lo de los autobuses de Buenos Aires– a piori refractarios a la catequesis en el materialismo dialéctico.

Y es que, la encarnara quien la encarnase, la figura del tonto útil se presentaba ante el público rodeada de un aura de autenticidad que la hacía inmediatamente distinguible de su alter ego, el compañero de viaje. Frente a la camaleónica teatralidad del segundo, por lo general el típico intelectual orgánico dispuesto a alquilar su prestigio –y a su madre– a cambio de dinero, la tontería del tonto útil solía ser insobornable, genuina, ontológica. El tonto útil era tonto de verdad, de ahí su dimensión entrañable.

En fin, viene a cuento la glosa nostálgica de ese arquetipo porque el desvergonzado desparpajo de sus nuevos rectores, que ya no son los comunistas sino los nacionalistas, lo ha vuelto a dejar como por lo demás suele terminar siempre sus tristes peripecias: con el culo al aire. Reciclados en beatos abanderados de la diversidad, el multiculturalismo y la recuperación de todo lo antropológicamente recuperable desde Adán y Eva, amén de las normalizaciones lingüísticas vernáculas, los tontos útiles de ayer, de hoy y de siempre andaban estos días más excitados de lo habitual.

Pues de ellos esperaba el mando que dieran lustre genealógico a esos contramanifiestos que nacen como setas a la sombra de Ferraz con el propósito de esconder que el único idioma perseguido en España es el español. Aunque lo suyo sólo fuera echar una rúbrica, que de la manipulación pura y dura se ocupan los profesionales. Léase, Álvarez Junco: "El castellano no corre ningún riesgo". O Sánchez Camacho: "No he suscrito el Manifiesto porque no es necesario".

Y en esto llegó Montilla. Ni bilingüismo teórico, ni tercera hora, ni respeto nominal a los decretos-ley del Gobierno del Reino de España, ni acatamiento aparente a las sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña sobre el derecho a la educación en la lengua materna, ni niño muerto: inmersión obligatoria en catalán para todo el mundo –salvo para sus tres hijas en edad escolar, of course–, y al que no le guste, puerta. Así las cosas, ardo en deseos por conocer al próximo abajofirmante: nunca he visto un tonto útil con balcones a la calle.
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