Todos quieren matar a Pedro

José García Domínguez

Excepción hecha de aquella campaña de acoso y derribo que en su día emprendieron los llamados poderes fácticos contra Adolfo Suárez, con el rey Juan Carlos al frente de la cacería, pocas conjuras del establishment contra un líder político habrá habido equiparables a esa que ahora mismo tiene puesta la diana en el secretario general del PSOE. Todos quieren matar a Pedro, empezando por el periódico que cada mañana crea la opinión de las elites hispanas, siguiendo por los viejos dinosaurios reumáticos de la hégira felipista, continuando por los señores del Dinero (con mayúscula) y acabando por la heredera del pre-presidiario Griñán en el Palacio de San Telmo. La suya es la crónica de un asesinato anunciado que a buen seguro empezará a consumarse a partir de la medianoche del próximo domingo, si es que las urnas se animan de una vez a reconciliarse con las encuestas. Así las cosas, a Pedro Sánchez se le trata de presentar ante la opinión pública como poco menos que un chisgarabís indocumentado, un bisoño diletante que antepondría sus pueriles afanes de protagonismo personal a los supremos intereses tanto del país como de su propio partido.

Una línea de acoso, esa, que vendría respaldada por cierta lógica formal si el PSOE se estuviese desangrando a borbotones por su flanco derecho; esto es, si ocurriera justo lo contrario de cuanto aquí y ahora sucede. No se olvide lo obvio, a saber, que quien en el País Vasco está a punto de enviar a los socialdemócratas al limbo de los justos es Podemos, no alguna cofradía de tibios centristas locales. Como otro tanto de lo mismo pasará en Galicia con las Mareas de Beiras, que tampoco resulta ser el entrañable abuelito suizo de Heidi. Y es que en ese asunto, el de la busca y captura de Sánchez, las cabezas pensantes del establishment (si es que tal cosa existe) se mueven por impulsos contradictorios. Desean algo y su opuesto al mismo tiempo. Por una parte, ansían apuntalar al PSOE, una añeja sigla domesticada e inofensiva, como segunda gran pata junto a los conservadores del orden político español; por el otro, pretenden que los socialdemócratas se desprendan ante su clientela potencial de los últimos restos de legitimidad izquierdista por la vía de ceder todo el poder a la derecha gratis et amore. Y encima lo pretenden a la vez.

Ya lo advirtió el clásico: lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Esa frivolidad tan típicamente madrileña, el rebajar cualquier conato de análisis serio de la crisis del PSOE a que Pedro no traga a Susana y viceversa, quizá no nos esté dejando ver que el ciclo histórico de la socialdemocracia, simplemente, ha llegado a su fin en España. Los partidos liberales se extinguieron, uno tras otro, durante el primer tercio del siglo XX, coincidiendo con la implantación del sufragio universal y la irrupción de las masas en la vida pública. Los comunistas empezaron a morir a principios de los sesenta, con la implantación de las sociedades de consumo, mucho antes de la caída del Muro. Y el canto del cisne de los socialistas tal vez se esté produciendo ante nuestros ojos, al tiempo que se certifica el impotente ocaso del keynesianismo en tanto doctrina reformista indisociable de la soberanía económica del Estado-nación. ¿Un insensato necio el contumaz Sánchez? ¿Y si los genuinos necios resultasen ser los otros?

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