Fascinación por la violencia

Terror y razón

José García Domínguez
Es una evidencia inocultable la fascinación enfermiza que despierta la violencia sin límites del terror islamista entre los deudos de aquella izquierda que se quiso partera de la Historia. Aunque lo sorprendente de la reacción que está suscitando el resurgir del terror político extremo en el escenario occidental no son esas adhesiones que suscita, sino, por el contrario, la praxis que se revela incapaz de generar. La verdadera anomalía que debiera invitarnos a la reflexión no reside en que existan europeos garabateando "Osama, mátanos", en los muros de Madrid o París. Por el contrario, lo que tendría que desbordar nuestra capacidad de asombro es el oculto resorte cultural que evita a un joven europeo estándar lanzarse a la calle armado de un kalashnikov, tras haber interiorizado todo lo que le han explicado al terminar el Bachillerato. Eso habría de despertar nuestra perplejidad, y no lo contrario. Que parte de sus capacidades cognitivas aún sean recuperables, después de resultar expuestos en horario infantil a manuales-basura mil veces más tóxicos que las cerezas de la Otero, he ahí el enigma a descifrar. Basta con ojear cualquier texto escolar de ciencias sociales para llegar a esa conclusión. Porque al terminar el repaso, cualquiera con dos dedos de frente acaba de descubrir la gran superioridad del nazismo sobre el marxismo-leninismo: que el primero se extinguió en 1945.
 
"No han entendido la caída del Muro de Berlín". Con esa convención se suele saldar la pulsión nihilista de una facción desmesuradamente amplia de nuestro establecimiento cultural (la que deforma a los que malforman a unos donceles que, contra toda lógica, luego se abstienen de inmolarse envueltos en explosivos ante los mostradores de los McDonald´s). Y tampoco es ésa la cuestión. Porque lo que realmente no acceden a interiorizar esos cráneos privilegiados es otra pintada, la que un berlinés genial escribiera en el pedestal de la estatua de Marx: “Proletarios de todos los países de la Tierra… ¡Perdonadme!”.
 
Fue el propio Marx, mucho más lúcido que los marxistas, quien sentenciara: "la existencia social determina la conciencia". Ahí, dio la clave para comprender que sus albaceas, instalados todos en el limbo acolchado con visas oro de la pomada cultural, repudien ahora la epistemología materialista del maestro. En realidad, somos nosotros – los liberales y el propio Marx– quienes no hemos entendido que el reino del Hombre Nuevo no era de este mundo. Que al igual que en el tango de Gardel, cien millones de cadáveres no son nada. Y que ningún cataclismo colectivo  provocado por utopía alguna, tampoco demuestra nada. Porque el único criterio moral para juzgar sus actos terrenales es la intención que empuja a cometerlos, no sus consecuencias materiales. De ahí que nosotros, al fin hijos bastardos de un dios menor –la razón– devengamos definitivamente incapaces de aprehender las virtudes teologales de esa carga de dinamita activada a distancia por una ristra de tarjetas de crédito moral en los jardines de Occidente     
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