Zapatero y Cataluña

Teoría del "memo politicus"

José García Domínguez

A la infinita lista de los inexcusables libros pendientes de escribir, ésos tan urgentes e imprescindibles que todos estamos esperando que algún día los empiece otro, habría que añadir un muy necesario tratado sobre la ignorancia de los príncipes. La rebelión de los memos, podría titularse. Y debería analizar cómo los mitos históricos, por encima de los hechos, determinan las convicciones más firmes de los gobernantes que aterrizan en el poder convencidos de que Maquiavelo era el traductor al castellano de Saint Exupery. Por lo demás, huelga decir que si la obra del florentino iba dedicada a Lorenzo el Magnífico, sería de justicia que ésta inmortalizase la memoria de Rodríguez el Estupendo, que tanto monta.

Sostenía Cela que a los subsecretarios hay que empezar a criarlos ya desde muy pequeñitos y que, entre otras atenciones y desvelos, requieren de una alimentación especial en la infancia, rica en sémolas y grasas. El gallego estaba convencido de que si no se cultivaran así, después no habría ninguno. Pues con el memo politicus viene ocurriendo algo parecido. Porque, desde la guardería, se esfuerza por complementar una estricta abstinencia de lecturas con la renuncia absoluta a los viajes, estrategia que en la edad adulta habrá de otorgarle el privilegio único de contemplar la provincia de Lérida adornada con el lejano exotismo del Reino de Bután. Más también de ahí la desconcertante novedad histórica que introduce el memo politicus en la gestión de la cosa pública. Pues, éste, a diferencia del viejo homo politicus de Aristóteles, únicamente admitirá el lugar común del prójimo como fundamento sobre el cual basar todos sus juicios acerca del orden existente.

Así, "las evidencias que todo el mundo comparte en las barras de los bares" devienen en su genuino Leviatán, en el personal e infalible Tratado de las siete partidas que iluminará su tenaz labor de termita sobre los fundamentos del Estado. De tal guisa, para el memo politicus el baremo único del éxito consistirá en lograr forzar la realidad como sea para someterla a los prejuicios de los demás sobre ella, y no al revés. Por ejemplo, creerá que tiene que creer que Cataluña es una nación. Aunque sólo ha de querer quererlo porque siempre ha oído por ahí que los catalanes se consideran a sí mismos una nación, no por otro especial motivo ni razón.

Que, en 1979, al ser llamados los catalanes realmente existentes, los de carne y hueso, a refrendar el estatuto de autonomía que debiera aplacar nuestras incontenibles ansias de autogobierno, más del cuarenta por ciento nos abstuviéramos, indiferentes, es sólo un hecho objetivo; y, por tanto, el memo politicus lo ignoraba. Pero que, cara al próximo 18 de Junio, la mayoría absoluta ya estemos decididos a volver a hacer lo mismo, a pesar de que él se haya empeñado en demoler el Estado con tal de satisfacernos, tal vez debiera hacerle pensar. En escribir de una vez sus memorias, se entiende.
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