¿Tenemos algo que celebrar en la 'Diada'?

José García Domínguez

¿Debemos participar los leales en la llamada Diada, esa romería que concelebran los separatistas cada 11 de septiembre? No me refiero, huelga decirlo, a la convocatoria de este año, un obsceno mitin electoral de la candidatura Junts pel Sí que encabeza el testaferro Romeva, sino a las futuras ediciones. Planteado de un modo más general, ¿debemos los leales seguir, como hasta ahora, aceptando y legitimando el marco simbólico creado por el catalanismo político en su afán por institucionalizar un imaginario nacional diferenciado del español? ¿Debemos seguir cantando Els Segadors, esa belicosa copla rural, en los actos oficiales tras constatarse la definitiva deslealtad del grueso del catalanismo político a la causa de España? ¿Debemos persistir en la cortés aceptación de esa disglosia que ordena dar preferencia a la lengua vernácula en las manifestaciones públicas de alguna relevancia civil? ¿Debemos, en fin, seguir aceptando en calidad de comparsas el ceremonial litúrgico que define su comunidad virtual?

Ellos han roto la baraja. ¿Tenemos nosotros que conceder seguir jugando con sus viejas cartas marcadas? Si lo hiciéramos, sería estúpido. Que se queden con su copla furiosa, con su Día de la ira y con su bandera cubana. Todo eso nada tiene que ver con nosotros. Ya no. La cohesión ficticia de la sociedad catalana, tan cara a su mentira supremacista, no debe contar ni un minuto más con nuestro concurso pasivo, con nuestro asentimiento silente. Cada 11 de septiembre los ciudadanos leales de Cataluña podemos recordar acontecimientos históricos que han marcado nuestra memoria personal y colectiva, como el bárbaro atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York o el asesinato del presidente Salvador Allende en el Palacio de la Moneda. Pero ninguna mentira separatista referida a viejas querellas tardomedievales entra la Casa de Austria y la de Borbón debe ocupar nuestra atención.

No perdamos más nuestro valioso tiempo refutando sus lerdas sandeces. Es un esfuerzo estéril. Despreciemos con la indiferencia su tediosa cantinela mítica. Desconectémonos de su Matrix iconográfico y sentimental. Pero hagámoslo ya. Cataluña, y por su exclusiva responsabilidad, está abocada a afrontar años negros a partir de ahora. Por mucho que la elite separatista que dirige el prusés insista en engañarse, no disponen ni de aliados internacionales que amparen su causa ni de una mayoría cualificada entre la población. Nos esperan, pues, lustros de confrontación crónica, tanto civil como institucional. Lustros, sí, lustros. Y esa larga batalla no podemos entablarla en el campo que ellos nos fijen. Rompamos de una vez con sus burdos símbolos cainitas. El 11 de septiembre, todos a la playa.            

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