Castro

Tampoco la Historia lo absolverá

José García Domínguez

¿Que qué pasará con el resto de los habitantes, presidenta? Pues pasa que su salario medio ronda los 9,4 dólares, y que alcanza justito para comprar un kilo de carne –8´65 dólares–. Y también pasa que los jubilados apenas pueden llegar a soñar con cuatro filetes así de escuálidos al mes; aunque a condición, claro, de que estén dispuestos a invertir en ellos el importe íntegro de una pensión que nunca pasa de cuatro dólares. De ahí que pase con sus estómagos lo mismo que pasa con los edificios de la capital: que más de la mitad serían declarados en ruinas si se siguieran los parámetros que fijan los manuales de arquitectura. Porque pasa que en todas las viviendas de la ciudad hay grifos, pero que sólo algunas –menos de la mitad– disponen de servicio de agua corriente todos los días. Pues pasa que en las otras no hay.

Por lo demás, también pasa que si sus dueños pretenden alquilar una de sus habitaciones a algún turista deben pagarle 250 dólares a él. Como pasa que los que traten de engañarlo se enfrentarán a un castigo de 1.800 dólares que él les impondrá. E igual pasa si aspiran a colocar unas simples mesas y unas sillas para ofrecer lo que sea a la gente: habrán de entregarle antes otros 850 dólares. Dólares que él sabe que jamás podrán conseguir. Nunca, a menos que atraviesen esa puerta entreabierta; esa iluminada con la bombilla roja y el sórdido catre al fondo; la que sólo él administra, gestiona y regenta. Eso pasa.

Eso y más. Por pasar, pasa que si se tienen dólares no hay problema: se puede comprar cualquier cosa. Sin embargo, pasa que los funcionarios del Estado cobran en pesos. Y también pasa que todo el mundo es funcionario del Estado. Aunque pase que las empresas extranjeras paguen a sus empleados en dólares. Porque es como si no pasara: él confisca todas sus nóminas cada fin de mes. Y después, el día uno, los expropiados reciben el equivalente en pesos. Sólo en pesos. Al cambio oficial. Así, los que cobran en dólares nunca ven un dólar. Por lo demás, pasa que en las tiendas del Estado se puede comprar cualquier cosa con dólares; sin embargo, fuera de ellas, no se puede encontrar casi nada.

De ahí que cuando sus súbditos estén más desesperados pase que únicamente les reste esa puerta entreabierta con la luz roja y el catre al fondo. Por eso, pasa lo que todos saben que pasa. Es la economía política del Estado jinetero: convertir al Estado en el proxeneta de un país entero.

Y ahora pasa que él se está muriendo. Y pasará que hasta su nombre será olvidado. Porque tampoco la Historia lo absolverá.

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