Susana

José García Domínguez

Sostenía Baroja que con los españoles pasa igual que con los pecados capitales, que los hay de siete tipos. Están los españoles que no saben; los que no quieren saber; los que odian el saber; los que sufren por no saber; los que aparentan que saben; los que triunfan sin saber; y los que viven gracias a que los demás no saben. Pero yo creo que hay una octava categoría de españoles: los que saben lo que no está en los libros. Verbigracia, que no hay carrera que abra más puertas a un joven con ambición que ese refugio del fracaso escolar que responde por Juventudes Socialistas. He ahí la Susana Díaz que acaba de proclamarse emperatriz de Despeñaperros por el artículo 29.

La Historia, Marx dixit, únicamente se repite a modo de farsa. Y prueba de que el viejo sablista de Engels no andaba equivocado es el sucedáneo poligonero de Carmen Thyssen que ha desenterrado la ley electoral de don Antonio Maura cuando el caciquismo de la Restauración. El artículo 29, recuérdese, era el que permitía obviar el molesto trámite de las urnas allí donde no hubiera más que un único candidato en la circunscripción. Circunstancia que los mayorales de los partidos turnantes se encargaban de garantizar. A golpe de cachiporra si fuere menester. Con aquel artículo 29 acabó la República hasta que Griñán decidió incluirlo en la recuperación de la memoria histórica al sentir en la nuca el aliento de la juez Alaya.

Susana, la chica del 29, representa la quintaesencia de eso que Florentino Portero llamó en su día "la rebelión de los mindundis". Susana, Pepiño, Carme, Leire, Edu... Criaturas amamantadas desde la misma infancia en "las pequeñas y malolientes ortodoxias", como decía Orwell. Ya apparatchiks en estado químicamente puro para el resto de sus vidas. Vidas unidimensionales, ajenas a la más mínima incursión laboral extramuros del partido. Así Susana, ahora ungida para conservar el último reducto del maoísmo en Occidente. A fin de cuentas, tanto Griñán como sus ancestros han asentado su poder en el asedio de las ciudades por el campo. Una asfixia, la de la Andalucía urbana y emprendedora, solo posible gracias al entramado caciquil muñido en el agro durante más de seis lustros. Qué vieja, Susana.

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