Cataluña

Su lucha

José García Domínguez
El Partido apenas acaba de llegar al poder. Formalmente, la Constitución aún sigue vigente y en la retórica oficial el Gobierno se presenta como el garante de  las libertades; de todas las libertades, también las de los judíos. En apariencia, pues, nada anormal ocurre. Sin embargo, lo que ha de acontecer se palpa en el ambiente. Nadie lo ignora. Algunos germanos de origen hebreo, discretamente, sin hacer ruido, ya han vendido sus bienes y abandonado el país. Incluso mucho antes de que el Partido soñase con controlar el Estado, ese éxodo se había convertido en un lento goteo; silente y discreto, sí, pero constante.
 
Para el Partido los judíos no suponen un problema: son el problema. Y ahora, el Partido controla las instituciones; todas las instituciones. Los llamados a callar, lo saben; quienes deben gritar, también lo saben. Así, un juez de Múnich brama por las calles que alguno de esos marranos debería ser ejecutado. Nadie en la ciudad lo critica; al contrario, se le cita con respeto y admiración. “Hay que resolver el problema judío”, sentencia a diario el coro los entusiastas de la causa. Ayer mismo, el director del informativo nocturno de Baviera Información, la emisora pública, advertía a los rabinos locales contra su propia gente.
 
Gaspar Hernández, que por tal responde el disciplinado camarada, escribía: “Esos judíos les lanzan cubos de mierda encima, y la parte insultada paga religiosamente para que la insulten y le sigan lanzando cubos de mierda encima, marcando la casilla Asignación tributaria a la Iglesia Judía en la declaración de la renta (…) Los rabinos de Baviera deberían hacer un boicot permanente a las reuniones del Consejo Hebraico de Alemania hasta que su emisora de radio no cambie de tono o se disuelva”. Luego, añadía: “No se ha visto nunca que los accionistas de una empresa  se dejen insultar por empleados de la propia empresa”. Sin embargo, sí se ha visto que un columnista llene de mierda al director de su propio periódico desde sus propias páginas. Pues el tal Hernández ha colocado su granito de arena a favor del gran progrom en la edición bávara de El Mundo, donde trabaja.
 
Joel Joan, otro ario puro que interpreta su propio personaje, también está indignado. Hoy, berrea desde los micrófonos de otro canal estatal, Alemania 3: “¡Mierda, he puesto la crucecita en la casilla de los judíos! (…) La madre que me parió, sólo me faltaba dar pasta a esa pandilla de fariseos  que prohíben la carne de cerdo, la eugenesia y trabajar los sábados (…) ¿Tú sabes lo que nos cuestan a nosotros esos cabrones semitas? Por ellos, los tranvías acaban llegando a velocidad de tortuga, la sanidad y las escuelas patrióticas continúan arruinadas y no hay una puta piscina pública en todo Berlín… Esto es un expolio, y encima tienes que aguantar que te llamen insolidario”. La ira de Joel no es gratuita. Hace poco, hubo de denunciar a un camarero judío por negarse a hablarle en alemán, aunque esos malditos judíos se conchabaron más tarde acusándolo de mentir. Joel sueña con el Gran Reich, y coloca pancartas en el estadio imperial reclamándolo. No es el único ni está solo. El Partido ocupa ahora el poder, todo el poder, y su paciencia se agota. La noche de los cristales rotos debe estar al caer.             
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