¿Son demócratas los catalanistas?

José García Domínguez

A los liberales como en general a los progresistas les cuesta comprender la naturaleza última del nacionalismo. No lo pueden entender porque, allí donde se instala, encarna la refutación permanente, cotidiana, de su misma concepción del mundo. Y es que el nacionalismo conlleva la negación de las premisas básicas sobre las que se asienta la idea de la humanidad que les resulta propia. Solo desde el pesimismo antropológico cabe aprehender el fenómeno nacionalista. Y ello por una razón tan simple como desoladora, a saber, que los valores en que se inspiran tanto el liberalismo como la democracia son no solo ajenos sino refractarios a la condición humana. Ese lujo extravagante que nos permitimos unos cuantos occidentales decadentes, la democracia liberal, es algo contra natura, un artificio extraño a la esencia profunda del Homo sapiens.

Sin comprender eso no se puede comprender a la señora Marta Rovira. Porque la señora Marta Rovira no es ninguna nazi, ni tampoco un monstruo siniestro. Con sus abrazos promiscuos y sus pequeñas deficiencias morfosintácticas, la señora Marta Rovira es en verdad lo que parece: la vecina amable a la que uno recurriría para pedirle una taza de sal en caso de necesidad. El único problema de la señora Marta Rovira es que no es demócrata. Si lo fuera, tendría que priorizar el concepto de ciudadanía sobre el de identidad, empresa imposible para alguien, como es el caso, educado en la cultura del catalanismo.

Pues la democracia, contra lo que suponen los nacionalistas de todas las naciones, no consiste en un método de decisión, el basado en el sufragio universal, sino en una forma de vida colectiva asentada en la aceptación del disenso. Razón última, por cierto, de su carácter en gran medida antinatural. Porque lo instintivo y espontáneo, lo genético casi, es lo contrario: adherirse a lo tribal. En alguna parte le he leído a Guy Sorman que la democracia es el resultado histórico de una larga lucha contra nosotros mismos, contra nuestras tendencias más arraigadas y profundas. Y es verdad. El demócrata cree que cualquier miembro de una comunidad únicamente está obligado a admitir determinados principios morales básicos. El nacionalista, en cambio, postula como obligatoria una identidad cuyos rasgos canónicos él mismo se encarga de definir. Hacer lo posible para que algún día la democracia arraigue, al fin, en Cataluña, he ahí la tarea más perentoria.

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