Manifiesto por la Lengua Común

¡Somos ricos!

José García Domínguez

Aparte de la muy benemérita función de ayudar a vender periódicos en verano, no se me ocurría a mí para qué otra cosa podría servir ese "Manifiesto en defensa de la lengua común" que, sólo con treinta años de retraso sobre el horario previsto, acaban de poner en circulación algunas bellas durmientes de la crema de la intelectualidad progresista. Y es que tampoco contaba uno con el espectáculo entre cómico y patético que nos iban a regalar los sofistas de guardia encargados de rebatir el documento por orden de la autoridad. Qué nivel, Maribel. Ramoneda (el listo, no confundir con el pobre Gamoneda), Gómez Pin Pan Pun, Porcel... Quién os ha visto y quién os ve. Entre todos no han sido capaces de cocinar ni una sola ideita-fuerza que contraponer a las verdades de Perogrullo inventariadas en ese texto.

Cómo está el servicio, compañeros. Con decir que Blanco, a falta de otra falacia de renting que meterse entre pecho y espalda, acaba de pontificar urbi et orbi que la famosa variedad de lenguas, dialectos, hablas y argots que infestan la península "es nuestra mayor riqueza". Por lo demás, una lúcida cogitación tras la que el del listón alto sólo debería explicar por qué la República de Gabón aún no ha sido invitada formalmente a incorporarse al G-8 a pesar de tratarse de una formidable potencia en la que se habla el baka, el barama, el bekwil, el benga, el buri, el bwisi, el duma, el fang, el kande, el kaningi, el pinji, el punu, el myene y el mbangwe, entre otras varias docenas de tesoros culturales.

Y ya puestos, también podría haber revelado al respetable por qué no expulsan de ese selecto club a Francia, en su día un país tan próspero como España, que tras la Revolución logró empobrecerse a lo largo de ciento cincuenta años seguidos hasta alcanzar el umbral de la miseria absoluta cuando el cien por cien de su población accedió al francés. Infelices. Paupérrimos desgraciados, ya nunca volverán a saberse un emporio lejanamente equiparable al nuestro. ¡Que inventen ellos! A nosotros no nos hace falta. ¿Para qué si tenemos el gallego, el panocho, el catalán, el valenciano, la fabla, el bable, el vascuence y, por si aún faltara una peseta para el duro, el chapurriau? A ver quién se va a atrever a tosernos con ese envidiable patrimonio a nuestras espaldas.

Tiembla Gabón: vamos a por ti.

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