Sentencia del Supremo

Sólo era una inocentada

José García Domínguez

Cuando, al fin, parecía que aquella rancia tradición, con su inconfundible olor a gasógeno, pelargón, raquitismo y pan negro, ya había sido olvidada para siempre, resulta que vuelven las inocentadas, otra vez puntuales, el 28 de diciembre. Así, el domingo, los periódicos de la capital festejaron con enternecedora unanimidad una especie peregrina, a saber, que el Tribunal Supremo habría obligado a la Generalidad a permitir el uso del español en los colegios. Como es natural, todas esas risueñas portadas poseían la verosimilitud de aquellas otras que, en idénticas fechas, anunciaron el derrumbe súbito de la Torre Eiffel, el inminente aterrizaje de Pelé en España a fin de reforzar la delantera del Alcoyano, y otras gansadas por el estilo. Al tiempo, la triste verdad –que el Supremo dice misa en catalán– aún no ha aparecido impresa en ningún lado. 

Ocurre que esa "histórica sentencia" viene a ser la cuarta que dicta la Justicia a propósito de idéntico atropello: la violación sistemática, crónica e institucional de los derechos lingüísticos de la gente en las escuelas de la región. Huelga decir que las tres previas, emitidas todas ellas por el TSJC, corrieron la misma suerte que, sin la más mínima sombra de duda, espera a ésta. Simplemente, ni se acataron ni se cumplieron. Y punto. Igual que tampoco se acata ni se cumple cierto Real Decreto del Gobierno del Reino de España, uno que, sobre el muy teórico papel, impone que los escolares catalanes reciban tres miserables horitas de enseñanza en castellano a lo largo de la semana.

Por lo demás, nada se resolvería en el impensable supuesto de que el Tripartito se plegara a obedecer las sentencias de los jueces españoles. Al contrario, pocos refinamientos sádicos estigmatizarían más a un pobre crío que la plasmación práctica del derecho a la enseñanza en la lengua materna según el sistema previsto por la Generalidad. Y es que sólo a esa tropa enferma se le podía ocurrir un método de tortura infantil como el de la "atención individualizada". El que prevé interrumpir constantemente la marcha normal de la clase al objeto de resumir, en castellano y para los abochornados oídos de un solo alumno, todo cuanto antes se haya explicado en catalán al resto de sus compañeros de aula.

Mas no nos inquietemos: sólo era una inocentada. Nada más que eso.       

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