El banco malo

¿Socialismo subprime? No, gracias

José García Domínguez

Guadiana recurrente, otra vez vuelve a sonar con alguna fuerza el runrún del banco malo. La expropiación forzosa de las pérdidas privadas con cargo al erario, un remake del colectivismo evomoralista al que no hace ascos cierta derecha que se dice liberal. Dinero público a cambio de basura, un principio filosófico tan simple como el propio Evo. Al respecto, alguna otra vez se ha comentado aquí que las burbujas financieras representan un caso atípico. Las otras, por ejemplo las inmobiliarias, recuerdan a las setas malignas. La gente las ingiere, enferma y, si consigue sobrevivir, aprende a eludirlas. Pero las bancarias, decía, resultan distintas. El crédito es el aire que respira la economía, y cuando el aire está envenenado no hay donde esconderse.

Es lo más parecido a una explosión atómica. Un Chernóbil del dinero frente al que se ha venido manteniendo un discurso esquizoide. Así, la doctrina oficial pretendía de los banqueros que se condujesen a imagen de San Agustín y su más célebre sentencia: "Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo". Debían hacer, pues, lo uno y su contrario al mismo tiempo. Por un lado, sanear sus cuentas, operando de forma prudente a fin de ahuyentar el riesgo de quiebra provocado por el apalancamiento demencial heredado de la orgía del cemento. Por el otro, ofrecer liquidez, y con perentoria urgencia, a cuantos se la demandasen. Un requerimiento simple: únicamente se les exigía ahorrar y gastar a la vez.

Los bancos sanos se quedarán con los zombis y todo arreglado, nos ilustró Mafo después. Fórmula magistral, la del Banco de España, con la que se ha simplificado, y mucho, el asunto. Antes, unos bancos prestaban y otros no. Ahora, no presta ninguno. Los absorbidos, por estar de cuerpo presente. Los absorbentes, por la necesidad de rumiar los cadáveres. El kirchnerismo invertido del regulador cesante: evitar a cualquier coste –para los contribuyentes– que la quiebra de alguna entidad acarrease consecuencias para sus propietarios. Y ello en nombre, naturalmente, de los sagrados principios de la economía de mercado. He ahí el espejo irlandés donde contemplar los efectos de semejante doctrina: bancarrota del Estado e intervención del país merced al invento del banco malo. ¿Socialismo subprime? No, gracias.

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