Desfile

Sóc un nazi català

José García Domínguez
Estaba orgulloso de serlo, lo repetía constantemente: "Sóc un nazi català" (soy un nazi catalán). Y nos lo pasó por la cara a todos los españoles que cargamos más de cuarenta años. Porque suya era la loción Floyd para después del afeitado, aquel aroma a Tiovivo 1950 que aún impregna nuestra memoria sentimental. Además, junto al proselitismo entusiasta de la obra de Hitler y Goebbels, otro sinfín de menesteres llenaría su afán de ayudar al progreso de la Humanidad. Por ejemplo, escoltado por su íntimo Jordi Pujol, se constituyó en el principal organizador y mecenas de Òmnium Cultural, la entidad más laureada, venerada y subvencionada del nacionalismo travestido de sociedad civil.
 
Por fortuna para Cataluña, la herencia y el espíritu del gran patricio no se perderán en el olvido. Entre otros avales, lo garantiza la feliz designación de su nieto predilecto, David Madi, como secretario de Organización de CiU. Es comprensible, pues, el sentimiento de agravio de los nacionalistas moderados ante la presencia de divisionarios azules en el desfile: inexplicablemente, a ellos no los ha convocado Bono para marcar el paso a su lado por la Castellana.
 
El otro, sin embargo, de quien se sentía orgulloso era del abuelo Maragall. Y también nos lo pasó por la cara a todos los barceloneses. Podía hacerlo, puesto que en su casilla del DNI reservada para la profesión rezaba: alcalde franquista de la Ciudad Condal. Así, desde 1960, comenzó a promover homenajes institucionales al Joan Maragall del "Adeu, Espanya". Tal era su fervor maragalliano que no pudo resistir la tentación de raptar al nieto Pasqual para gozar permanentemente de su compañía. De ese modo, por la vía del entusiasmo poético, y sin duda contra su voluntad, un joven y rebelde Pasqual Maragall se convertiría en alto cargo municipal y en uno de los principales asesores de Josep Maria de Porcioles, el hombre de Franco en Cataluña. Se debe disculpar por tanto la turbación del actual president de la Generalitat ante la ausencia de tantas banderas entrañables en la parada militar. Sin ir más lejos en el tiempo, la del Tercio de Montserrat, el estandarte de los catalanes que ganaron la guerra civil y a los que él sirviera fielmente, también ha sido marginada del marcial evento.
 
El tercero, el de Perpiñán, sólo está orgulloso de la estrofa de una canción. Aquélla del cantautor Raimon Pelejero que avisa: "Quien pierde los orígenes, pierde la identidad". Bueno, de eso y del Fascio de Macià, los pelotones paramilitares que los mussolinianos de la Esquerra crearan a imitación de los fasci di combatimento de su admirado don Benito. Razón de que también él ande irritado hoy. Y es que los viejos camisas verdes de Estat Català, sus queridos fascistas de barretina y bandera cuatribarrada con la estrellita azul, igualmente han resultado ninguneados por los organizadores de la parada. Por lo que se ve y, sobre todo, por lo que no se verá, diríase que el Ministerio de Defensa se ha unido a la conjura de la derecha para hurtarnos la memoria histórica. Va de retro.
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