Sistach bendice a Pujol

José García Domínguez

A diferencia de Nuestro Señor Jesucristo, a quien jamás se le pasó por la cabeza poner al ladrón Dimas como referente ético de nada ni de nadie, el arzobispo Martínez Sistach, de Barcelona, acaba de loar en público las ignotas virtudes morales del más que presunto delincuente común Jordi Pujol i Soley. Sin duda por el escaso tiempo libre que le deja su apostolado cotidiano entre los menesterosos, el señor arzobispo ha optado por aplicar al procesado Pujol i Soley eso que los norteamericanos bautizaron en su día como discriminación positiva. Así, el prelado ha procurado hasta la fecha abstenerse de prestar el consuelo espiritual de la Iglesia al resto de la larga lista de chorizos que han venido poblando tantos y tantos despachos oficiales del país.

Ni Bárcenas, ni el fulano de las gafas negras de la Diputación de Castellón, ni los barandas del PP de Madrid, ni los juláis del PSOE andaluz, ni los muy bronceados y engominados quinquis que sentaron sus reales en Baleares, Valencia y demás feudos de la cleptocracia del ladrillo en los tiempos de vino y rosas, ninguno de ellos ha encontrado nunca un rinconcito en el compungido corazón de su ilustrísima. Ninguno. Solo Pujol i Soley estaba llamado a gozar de tamaña gracia. Es sabido, son muchos los llamados y pocos los elegidos. Por lo demás, diríase que Martínez Sistach no cree demasiado en las leyes de Mendel. De ahí que a ese ministro de Cristo se le antoje asunto tan normal y corriente que a un hombre recto, probo, intachable y temeroso de Dios le hayan salido siete hijos que son como las siete plagas de Egipto. Por no hablar de la señora, claro.

En su infinita bondad pastoral, Martínez Sistach debe de tener por imbécil a Jordi Pujol. Pero por imbécil integral. ¿Cómo entender, si no, que el señor arzobispo de Barcelona predique que, siendo presidente de la Generalitat, el padre no se pudo enterar a lo largo de un cuarto de siglo de los mil delitos y faltas que los hijos iban cometiendo en su nombre? El mayor pecado de ese viejo ladrón fue fundar una religión laica, la genuina que en la intimidad profesa nuestro pater. Y es que si a algo se parece el catalanismo místico que el ángel caído patentó entre los muros de Montserrat, ese algo resulta ser una obediencia religiosa. Le pusieron Convèrgencia en la pila bautismal, pero en realidad eran los Legionarios de Pujol, el Maciel catalán. Que Dios le perdone, Martínez.

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