Propiedad intelectual

Sinde

José García Domínguez

No pueden evitarlo. Llegada la hora de la verdad, a los nanonacionalistas, igual vascos que catalanes, les sale el español castizo que llevan dentro. De ahí su aval en las Cortes al hurto impune de los frutos del talento ajeno, el hábito celtíbero quizá más ancestral; esa variante del secular bandolerismo hispano que de un tiempo a esta parte causa furor en las serranías de internet. Y es que, aquí, nunca se ha querido pagar por la música, por la creación literaria, por el pensamiento genuino, por los productos todos del espíritu, porque, en el fondo, se presume que esas fruslerías nada valen. De siempre ha habido en el español una indocilidad profunda ante el genio individual, un desprecio por lo intelectual y los intelectuales que se remonta a muy atrás en nuestro eterno andar desacompasado con la Europa ilustrada.

A fin de cuentas, "¡Que paguen ellos!", el grito de guerra de la chavalada cibernética, no deja de suponer un sucedáneo de la más triste necedad de Unamuno, el célebre "¡Que inventen ellos!". Por algo, en pocos sitios se copia, plagia y fusila con la alegre desvergüenza que rige en este pobre erial para tales menesteres. Como en pocos le espetan "Qué bien vives" al escritor que sufre a diario con tan de componer su obra sin refocilarse en el lugar común. Pues el español está íntimamente persuadido de que el ingenio, la agudeza o la perspicacia no tiene relación alguna con el esfuerzo, el trabajo y la disciplina.

Son las musas, de suyo tan caprichosas, quienes pergeñan la gran novela, el ensayo deslumbrante o la balada conmovedora. El autor apenas es uno que tuvo la dicha de pasar por allí y tropezarse con la criatura recién nacida. "Si yo tuviera tiempo, haría una novela", propalan al alimón el cantamañanas y el perito en la barra del bar. No realizarían una operación de córnea ni tampoco dibujarían el plano de un rascacielos, pero, de consuno, cometerían una novela. Es sabido, disponiendo de algunos ratos libres, tamaña minucia resta al alcance de cualquiera. Desengáñense, en fin, los ilusos: no hay dos Españas, nunca las ha habido. Solo hay una, la que, cuando no anda ocupada devorándose a sí misma, se consuela estafándose.

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