Congreso de Convergencia

Sin novedad en el frente catalanista

José García Domínguez

Sin novedad en el frente catalanista. Sépase que los nacionalistas moderados siguen donde suelen desde el mismo día que izaron la carpa de su particular circo tras la guerra de Cuba; o sea, en el monte. De ahí que, hoy, Convergencia únicamente continúe aspirando a que Cataluña se convierta en una “una nación libre y soberana”. Ni Mas ni menos.

Así lo han vuelto a poner por escrito en las conclusiones de su decimoquinto congreso. Nada nuevo, pues, bajo el sol: desde que Pujol fundara el partido en el claustro del Monasterio de Montserrat con el impagable auxilio de la comunidad benedictina encabezada por el Abad, todos los cónclaves de su movimiento se han cerrado con idéntica fórmula retórica de ruptura sentimental con España. Quien conozca los fundamentos doctrinales del catalanismo y los rudimentos de su historia reciente lo sabe. Y es que, con tal de acceder al arcano, apenas se exige dominar ese mínimo común denominador de la realidad doméstica que resta al alcance de cualquier lector habitual de periódicos. Nadie se extrañe entonces de que atónita, perpleja e incrédula, la Camacho se haya escandalizado hasta las lindes mismas del espasmo nervioso al tener noticia de las rutinarias conclusiones de la tenida convergente.

Por lo demás, de cien años a esta parte, esa tropa ha dado a luz el catalanismo de derechas, el catalanismo de izquierdas, el catalanismo centrocuentista, el catalanismo monárquico, el catalanismo republicano, el catalanismo imperialista, el catalanismo anti-imperialista, el catalanismo terrorista, el catalanismo civilizado, el catalanismo catalán, el catalanismo valenciano, el catalanismo ilustrado, el catalanismo de Montilla y Manuel de Madre, el catalanismo honrado, el catalanismo al tres por ciento compuesto más el IVA; todo menos la fantasmagórica quimera imaginaria llamada catalanismo moderado.

Criatura non nata tal vez porque la genuina naturaleza del catalanismo no sea política (la construcción de otro estadito nacional), sino metafísica: recuperar la pureza primigenia de la identidad de la tribu mancillada ahora por el estigma hispano; un delirio que, en el fondo, haría ociosa la divisoria convencional entre separatistas, confederales, soberanistas, federalistas asimétricos y democristianos unionistas de cepillo (siempre vacío) y talonario (siempre al portador).

En fin. Volviendo a la nada, tras reponerse del asombro, la misma Camacho acabó de arreglarlo musitando ante primer micrófono que le pusieron delante: “Ojalá hubiera podido dialogar con la CiU de Pujol”. ¿De cómo aplicar con más entusiasmo aún su idea de la inmersión obligatoria en los colegios? ¿De aumentar el importe de sus multas a los tenderos por poner rótulos en español? ¿De lo monas que eran aquellas camisetitas de los nenes de la Ferrusola con el Catalonia Is Not Spain? ¿O de qué, Camacho?

Ojalá nos lo aclare.     

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