ETA

Silencio, se mata

José García Domínguez

"El jueves, mi ama, con una amiga, iba a una reunión de verano en Donostia, donde siempre pasa el mes de agosto. Se les ocurrió, en mala hora, coger un autobús. Iban tan tranquilas cuando en pleno trayecto un grupo de nazis encapuchados y con bates de béisbol destrozaron los cristales, echaron líquido inflamable y quemaron el autobús. Dos minutos más y hubieran ardido dentro. A su amiga, le hirieron los cristales. Ella quedó traumatizada ante la barbarie de aquellos salvajes y tuvo que ser atendida". No sé si Iñaki Anasagasti iría sedado a tope cuando pergeñó aquel célebre, iracundo artículo contra los violentos, muy rara pieza de coleccionista que contiene el párrafo que encabeza estas líneas.

Sea como fuere, incurrió en grave pecado tanto cívico como moral al publicarlo en Deia. Porque el más estricto y respetuoso silencio ante los chicos de la gasolina hubiera sido la obligación primera de Iñaki en su condición de protovíctima colateral. Así, aquella descalificación tan imprudente, tan descontextualizada, tan plagada de adjetivos precipitados, tan huérfana de referencias a las causas históricas del conflicto, estaba fuera de lugar. Y es que, tal como acaba de recordar ese miembro anónimo (¿iría también encapuchado?) de la dirección del PNV, "es mejor que las viudas [y los huérfanos y los padres y los hermanos y los mutilados y los secuestrados y los extorsionados y los amenazados y los escoltados y los exiliados y los desquiciados] no hablen". Nadie, ni siquiera el sufrido vástago de la ama de Iñaki, debería hablar.

Las víctimas, todas, no han de hablar, pues, sin ir más lejos, podrían ofender a las otras mamás, las de los etarras encarcelados. Como Francisca Hernández, que, para escándalo supremo del partido de Anasagasti, acaba de negar nada menos que la condición de presos políticos a sus chicos. Cosas veredes, amigo Iñaki. Qué ajenas tan turbadoras novedades al claro criterio y recto proceder del obispo Setién. Qué lejos aquella radiante mañana, la del primer aniversario de Gregorio Ordóñez, cuando monseñor, indiferente, pasó de largo ante los que se manifestaban por la libertad del raptado Aldaya. Ni una palabra. Ni una mirada. Ni un saludo. Ni un gesto. Sólo aquel apretar el paso con la vista fija en el otro lado de la calle. Sólo aquel tonsurado, preceptivo, obediente, sepulcral, equidistante silencio.

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