Funcionarios

Silencio: Chaves duerme

José García Domínguez

Parece que el vicepresidente Chaves, probo funcionario excedente el hombre, vive en la feliz ignorancia de que su nómina está vinculada por ley a la productividad. Y es que el señor ministro, siempre inmerso en altas cuestiones de Estado, no repara en tamañas nimiedades. Así, ni corto ni perezoso, don Manolo saltó a la palestra ayer martes con tal de anunciar al mundo una idea genial, a saber, que estudia la posibilidad de ligar las retribuciones de los empleados públicos... a la productividad. "¿Por qué no?", debió cavilar el prócer en el sublime instante de la iluminación, antes de entregarse a una merecida siesta reparadora.

Y ha tenido que ser Jáuregui quien saliese a desfacer el entuerto, recordando que ese asunto figura en el BOE desde los tiempos de María Castaña. Esto es, desde que la cesante María Teresa Fernández Etcétera y los sindicatos de la Administración lo pactaran en su día. Vistoso trozo de papel mojado, el acuerdo de marras, que no logró derogar la célebre Ley de Bronce enunciada por el catedrático Alejandro Nieto. Ésa que implacable ordena: "Cada empleado estatal ajustará su rendimiento al del colega que, cobrando idéntica cantidad, trabaje menos". Pues no otro resulta ser el criterio empírico con que se determinan los estándares stajanovistas en el sector público patrio.

Una ley de obediencia mayoritaria que, según magisterio del mismo Nieto, requiere de la recta observancia a un corolario no menos preceptivo. El que manda: "No te inmiscuyas en lo que no sea estrictamente tuyo igual que nunca habrás de tolerar que los demás metan la nariz en tu negociado. Si de tal modo procedes y no creas problemas al prójimo en el escalafón, en justa correspondencia, tampoco él te los creará a ti y todos vegetaréis con plácida armonía". A fin de cuentas, una situación muy llevadera: a nadie importa el esfuerzo que se dedique al trabajo, pero tampoco nadie vigila ni reprende. Y así van pasando los años y los Chaves y los planes de productividad sobre una Función Pública desmantelada, ya mero botín de guerra en manos de los partidos y sus clientelas, inagotable cantera de parásitos vitalicios. Mas no levantemos mucho la voz, no vaya a ser que despierte don Manolo.

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