Javier Rojo

Siete llaves al sepulcro de Voltaire

José García Domínguez
Calígula únicamente nombró senador a su caballo; Rodríguez, más audaz, ha hecho presidente de la Cámara Alta a Javier Rojo. Ayer habló –el del PSE, no el equino–. "El término comunidad nacional no rompe la Constitución", sentenció ese heredero de la Ilustración. El jamelgo del Emperador no hubiera respondido algo muy distinto si la Esther Esteban de la época lo hubiera interrogado sobre los fundamentos de las leyes de Roma. "Tiene un discurso claro y diáfano", concluía impresionada la reportera. "Tiene una afición a la química del fósforo que acabará haciéndolo muy apreciado entre los empresarios de la construcción", habrían escrito algunos de Claudio Druso Germánico si el invento de la imprenta se hubiese adelantado al siglo I.
 
"La patria", anota Jacourt en la entrada que dedica la Enciclopedia al término, "no es, como cree el vulgo, el lugar donde hemos nacido, sino el estado libre del que somos miembros y cuyas leyes garantizan nuestras libertades y nuestra felicidad". Y Voltaire añade: "En una verdadera patria, el individuo vive bajo la protección de las leyes y se siente una parte de la comunidad y de la soberanía". De ahí que Argüelles, al presentar a las Cortes el texto de la Constitución de Cádiz, gritara: "Españoles, ya tenéis patria". Y también de ahí que Rojo esté obligado hoy a proclamar: "Españoles, ahorita mismo os habéis quedado sin patria; puesto que, como el significado de las palabras no tiene ninguna importancia, vamos a proclamar la soberanía del País Vasco y de Cataluña en sus respectivos estatutos de autonomía".
 
Porque tiene razón Rojo, la expresión "comunidad nacional" no rompe la Constitución: simplemente, la dinamita. E introducir ese término de contrabando por la vía de dos leyes orgánicas que no requieren de mayoría reforzada para su aprobación, técnicamente, equivaldrá a un golpe de Estado. Otro. Una asonada progresista que, de triunfar, nos haría avanzar de un salto hasta 1886, donde nos espera Pi y Margall, el mentor doctrinal del actual presidente de la Generalitat. "España es una nación compuesta de antiguas naciones", es frase suya por la que no pudo cobrar derechos de autor, al quebrar el Estado tras el enfrentamiento bélico entre la comunidad nacional de Murcia y la de Cartagena.
 
Y si el putsch resulta la mitad de audaz que la ignorancia de Rojo, hasta podríamos adelantarnos más aún en el tiempo, y plantarnos ya en 1881. "El municipio", escribía entonces Pi y Margall, "es la nación por excelencia (…), la que, cuna de nuestros hijos y sepulcro de nuestros mayores, miramos siempre como primitiva patria". Si nos dejamos, a ese huerto nos acabarán llevando los progresistas y los rojos de Rojo. A la comunidad nacional de los aldeanos cejijuntos, la boina calada, y las siete llaves al sepulcro de Voltaire.
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