Secuestrados

Si los matan

José García Domínguez
Todo el mundo intuye cómo reaccionará Rodríguez el día que lo sometan a un chantaje. Y tarde o temprano, ese instante llegará. Siempre llega. Porque como decía Lincoln, se puede hacer cualquier cosa con la Historia salvo escapar de ella. Es inevitable. Como también lo es que detrás de los grandes hombres, de los De Gaulle, invariablemente asomen pequeños pigmeos, los Chirac. Tipos como ése al que ahora le ha tocado su turno. Inanes de los que sólo cabe decir algo digno: no se podría usar su apellido al escribir la primera frase de este artículo. Por esa única razón, lo más probable es que cuando esas dieciséis palabras se publiquen, la Resistencia (o debería poner el terrorismo internacional) haya ejecutado (se dice así, ¿no?) a los dos periodistas franceses.
 
Si ocurre, no sé si Rosa Regàs se llevará una alegría más grande que la que la invadió pocas horas después del 11-M. O si el compañero Rasputín encargará otra botella de cava. En cualquier caso, lo cierto es que habrá trabajo extra para todos. Porque sería necesario explicar otra vez a los telespectadores que los verdaderos asesinos son Bush y Aznar. En esos menesteres, es costumbre recurrir a algún zurupeto de Ferraz para que lance la primera piedra. Así que, de entrada, se impondría enviar urgentemente a López Garrido al Pirulí. Y que allí dijese muy clarito que la única causa de la violencia islamista es la obstinación de los imperialistas en su rechazo a la vía del diálogo frente a una discrepancia textil. Después, procedería que Rubert de Ventós y Juan Goytisolo redactasen un manifiesto. Podría empezar de esta guisa: Los abajo firmantes, ante la intolerancia de la Iglesia con los hijos de Alá, aquellos que se encerraron en la catedral de Barcelona para mear tras el altar mayor...
 
A continuación, convendría que Carmen Calvo convocara a Sardá. Y que le regalara dos monigotes para que Carlos Latre les cortase la cabeza con un alfanje, que eso gusta mucho al electorado joven. Al tiempo, Joan Clos y Marina Rosell deberían organizar un concierto en el Forum, con muchas velitas y mecheros, de homenaje a Sadam, a la Resistencia, al Che, a Mahoma y a las doce esposas de Mahoma. Por fin, tras los teloneros y la infantería mercenaria, llegaría el turno del estado mayor. En ese instante, entraría en escena Maragall. Dispondría así de la mejor ocasión para repetir a los vecinos españoles lo que ya dijo en Cataluña: que detrás Al Qaeda hay "un elemento muy importante de rencor con base real". Acto seguido, Moratinos comparecería abrazado a su amigo Arafat y ambos, a un póster dedicado de las Brigadas de los Mártires de Al-Aqsa. Cerraría la campaña Zetapé en persona. Y prometería que mientras un feminista radical ocupe la Moncloa, se seguirá garantizando el derecho a vendar la cabeza y el cerebro de todas las escolares muslimes de España. Luego, un fundido de la cámara sobre la sonrisa del presidente daría paso a la información deportiva.
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