Amenazas

Si Europa cae...

José García Domínguez

De la agonía final de Europa, algo que acaso esté ocurriendo mientras redacto estos párrafos, uno esperaría al menos la grandeza estética de la decadencia. Aunque no semeja que vaya a ser el caso. Aquel territorio moral alumbrado por Erasmo, por Cervantes, por Voltaire, por Kant, por Goethe, por cuanto aún merece el nombre de civilización, va a eclipsarse, parece, en medio de una reyerta de tenderos. Lo acaba de certificar Gordon Brown, que ha acudido a Churchill para componer un retrato de sus antiguos pares. "Decididos a ser indecisos, inflexibles en su deriva, sólidos en su fluidez y omnipotentes en su impotencia". Así las Merkel, los Sarkozy y demás. Pequeños contables incapaces de comprender que no son posibles los escapismos solipsistas frente al colapso de la Unión.

En su miopía, ajenos a que si dejan caer a Grecia, detrás no solo irán España e Italia: también se desmoronará Adam Smith desde lo alto del pedestal que hoy lo sustenta. Y su lugar volvería a ocuparlo el proteccionismo, ¿quién si no? El proteccionismo armado hasta los dientes con el viejo arsenal de aranceles, contingentes, devaluaciones continuas, reglamentos y mil miserias chovinistas más. Otra vez, pues, el nacionalismo económico, ese genuino padre de todas las desgracias identitarias que han asolado el continente a lo largo de los dos últimos siglos. Una cortedad de miras, la de los líderes presuntos de Europa, que se vuelve todavía más irritante por el manto de moralina calvinista tras el que pretende ocultarse ahora.

Como si el devenir de la deuda de los indolentes PIIGS fuera el justo castigo de la Providencia a sus pecados, empezando por la prodigalidad. Un sambenito que, simplemente, no se compadece con los hechos. Y es que no fue el despilfarro estatal quien provocó la crisis, sino la muy disparatada predisposición a regalar créditos de la banca alemana durante los años de vino y rosas. Por lo demás, el tiempo le ha terminado dando la razón al euroescéptico Brown: para algunos países –España sin ir más lejos– la moneda única acabaría siendo lo que él siempre temió, una camisa de fuerza. Pero ya no hay vuelta atrás. A menos, claro, que, al modo de los primeros surrealistas, se considere que el suicidio es la solución.

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