Huelga general

Si el Gobierno cede

José García Domínguez

Viene en la historia. Hace siglo y pico, cuando el otro desastre, el del noventa y ocho, el honrado pueblo se fue a los toros a celebrar el hundimiento de la flota y el fin del imperio. Y en el de ahora, a las falanges sindicales les ha dado por plantarse en las ferreterías y agotar los stocks de silicona, su particular sucedáneo del confeti y el matasuegras. Embutir cerraduras y bloquear candados. Según parece, no se les ha ocurrido manera mejor de festejar que España acaba de entrar no solo en recesión sino en la antesala misma del abismo. A esos efectos, la aritmética del Apocalipsis  es simple; desoladoramente simple.

Un diferencial de un punto con el bono alemán a diez años significa  el primer aviso. Un diferencial de tres, la luz roja en todas las alarmas. Cinco, el fin de la soberanía nacional. A día de hoy, ya cortejamos el cuatro. Apenas un empujoncito más, solo uno, y la Nación sufrirá la mayor humillación colectiva desde la invasión napoleónica. Responsabilidad  ante los anales que los señores Toxo y Méndez están dispuestos a saldar con unos tubitos de pegamento industrial. Un proceder, el de los gerifaltes del tercio sindical, que no desentona en exceso con el del resto de las fuerzas vivas de la plaza. Así, igual que tras el noventa y ocho, todo el mundo aquí pugna por desertar de su cuota alícuota de responsabilidad.

Los primeros, ellos, los gremialistas, siempre prestos al motín excepto para auxiliar a la masa de los contratados temporales, verdadero ejército de reserva y carne de cañón de esta crisis. Después, su genuino alter ego, una elite empresarial refractaria hasta el llanto al más mínimo sacrificio  tributario. "Ni un duro", lucen por glorioso lema. A su vera, los micronacionalistas  pedáneos, con los catalanistas al frente, pugnando por desgarrar en mil jirones el erario común. Todo, lo que sea con tal de ingresar y no pagar. De guinda, en fin, unos intelectuales orgánicos empeñados en desempolvar los tópicos más manidos del regeneracionismo decimonónico. Otra vez, tan estéril, aquel viejo fatalismo nihilista y su corolario de lugares comunes sobre la pretendida anomalía hispana. Otra vez la impotencia revestida de auto-odio… Si el Gobierno cede, estamos perdidos.

A continuación