Justicia en catalán

Setze jutjes d´un jutjat

José García Domínguez

Setze jutjes d´un jutjat mengen fetge d´un penjat (dieciséis jueces de un juzgado comen hígado de un ahorcado). Es una broma de niños, un antiguo trabalenguas vernáculo que los escolares de la región recitan en los patios de los colegios; un juego en el que, sin embargo, todos de los magistrados del Tribunal Supremo perderían. Porque ninguno de ellos sería capaz de recitar la letanía correctamente, sin trabucarse ni sucumbir en ese campo minado que para las laringes castellanas forman los sonidos intervocálicos del catalán. Setze jutjes, una gracia que, por el contrario, Pasqual Estivill sabe pronunciar con la mente en Suiza, la vista fija en un maletín y ocupando al tiempo ambas manos en extender sentencias al portador. Setze jutjes, la humorada que ahogaría en un océano de saliva el porvenir en Cataluña de los mejores juristas del país. Setze jutjes..., un inocuo chiste que, bien contado, habrá de demoler el tercer poder del Estado.

Más de doce mil profesores castellanohablantes acabaron marchándose de Cataluña por la bromita del fetge del penjat. Se dice rápido, más de doce mil; el mayor éxodo forzado de profesionales cualificados en la Europa contemporánea. Y ahora les ha llegado el turno a los jueces. Porque de eso es de lo que se trata: de que se vayan cuanto antes y dejen libres de una vez las preciadas sillas domésticas que hoy usurpan. He ahí el tinglado de la antigua farsa del patriotismo letraherido catalán: que absolutamente todos los resortes del poder civil, sin excluir el menor resquicio, recaigan en indígenas puros, con, eso sí, la minúscula cuota ornamental de rigor reservada a la mansa grey de los charnegos aculturizados. ¿O acaso algún ingenuo aún sigue creyendo que el furor gramatical que corroe las almas de nuestros nacionalistas nace de la prosa de Sagarra y la lírica de Foix?

Y para alcanzar esa gran conquista histórica de las fuerzas del progreso, ZP está decidido no sólo a demoler la Carta Magna de 1978. Pues, con efectos retroactivos, el Estatuto catalán derogará de paso la Constitución isabelina de 1837, aquélla en la que por primera vez se blindó el derecho de todos los españoles a acceder a cualquier cargo público. Al fin, los vástagos hispanos de la Ilustración, los orgullosos hijos legítimos de Rousseau, Hegel, Marx, Gramsci, Sartre, Habermas, Enric Sopena y Maria Antonia Iglesias se abrazan con las partidas carlistas del general Cabrera. "Dios, Patria y Rey", manifiesto programático del Tigre del Maestrazgo dirigido a todos los carpetovetónicos nostálgicos de la gleba y el Medioevo plural: "España, para ser libre, necesita primero de todo tener un gobierno descentralizador, es necesario dar a las provincias la libertad que han menester para administrarse a sí mismas. Es necesario devolverles sus fueros y franquicias". Pues eso, a cantar todos juntos y en unión: Setze jutjes d´un jutjat mengen fetge...
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