Indignados

Sembrar vientos

José García Domínguez

Por razones de economía de espacio, considere el lector enunciada la obvia repulsa moral que a todo ser sumariamente civilizado ha de merecerle lo acontecido en Barcelona. Dicho eso, permítaseme que glose una forma de barbarie que, con el tiempo, ha ido ganando la solera propia de las tradiciones locales. Recuérdese al respecto el asedio padecido por la diputada Rosa Díez en el interior de una dependencia pública, la Universidad Autónoma de Barcelona por más señas. O los precedentes parejos sufridos por Fernando Savater, Jon Juaristi, Francisco Caja, Aleix Vidal Quadras o José María Aznar, entre muchos otros. En ningún caso inopinadas excepciones sino, bien al contrario, rutinaria confirmación de una norma consuetudinaria en la plaza. Ésa que prescribe acallar, de grado o por la fuerza, a quien no asienta sumiso a la vulgata identitaria.

Muy patriótica violencia cerril ante la que las cotorras oficiosas de TV3, esas desoladas plañideras que ahora tanto se desgañitan en su pesar, siempre saben guardar cómplice silencio. Connivencia que igual les empuja a jalear los alardes insurreccionales del mismo establishment que hoy huye del Parlamento oculto en helicópteros y furgones blindados. Ora presumiendo de pasarse por el forro de su soberana voluntad las sentencias firmes de la Justicia, tal como el insumiso Mas frente al mandato de reinstaurar el bilingüismo. Ora recreándose en el gamberrismo institucional, al modo de la ínclita Montserrat Tura cuando, aún consejera de Justicia, alardeaba de vetar la lengua común en becas y expedientes.

Ora propalando el abierto repudio a la Ley, así el pobre Montilla ante el dictamen del Constitucional sobre el Estatut. Et caetera. Por no mentar la cómica ristra de alcaldes de pueblo que se dicen "desvinculados" de la Carta Magna. Y es que, de un cuarto de siglo a esta parte, no hay rincón de la Generalidad donde falte un Cromwell presto a proclamarse lord protector de Cataluña para pisotear las normas todas del Reino. Al tiempo, en cada presidencia de consejo comarcal mora un Che Guevara dado a echarse al monte trabuco en ristre. Nada más omnipresente que su olímpico desprecio hacia el Estado de Derecho. Cada día, una lección magistral. La más eficaz pedagogía del vandalismo antisistema que quepa imaginar. Sembraron vientos. Ahí tienen la cosecha.

A continuación