Crisis del PP

Seduciendo a Elorriaga

José García Domínguez

Si bien se mira, tampoco andaba demasiado lejos del Diccionario de la Academia el último ministro de Información y Centrismo de Franco al tildar de sandez o algo por el estilo al tan celebrado articulito de Elorriaga. Al cabo, si el supremo argumento político con tal de enviar a Rajoy a su casa ha de ser que el PP necesita a un líder que "seduzca" en lugar de un "presidente que imponga", quizá sería mejor que la Virgencita nos dejara como estamos. Y es que en buen castellano eso de seducir sólo tiene tres acepciones. A saber: engañar con arte y maña para algo malo, atraer físicamente a alguien con el propósito de obtener de él una relación sexual y embargar o cautivar el ánimo.

Aclárese, pues, Elorriaga. ¿Anda buscando a un sustituto para que se lo lleve al huerto o a La Moncloa? Pero si lo que espera de su hombre es lo segundo, no estaría de más que se fuera dejando ya de esos perfumes retóricos que, en el mejor de los casos, sólo funcionan de cintura para abajo. Olvídenlos él y el resto de los críticos con el gallego, y acepten de una vez la puñetera evidencia de que el gran problema del PP es ideológico y no de amaneramientos formales. ¿O acaso pueden convivir bajo idéntico techo doctrinal y paraguas organizativo quienes fantasean con que Andalucía devenga en realidad nacional y los que postulan que ese neologismo absurdo de las nacionalidades debe ser expurgado del artículo segundo de la Constitución porque nos aboca fatalmente a un Estado sin nación?

En el fondo, la genuina cuestión es que en cierta derecha, por más señas la que procede de ese franquismo sociológico que engendró la tecnocracia del Régimen, la que aún anida en los altos cuerpos de la Administración con pretensiones de apoliticismo, la idea del escalafón prima sobre la idea misma de España. Ellos son funcionarios del Poder. Sólo funcionarios del Poder. Y nada más que funcionarios del Poder. Su amado, el único capaz de seducir a su sensible corazoncito, es el Estado, no la Nación. De ahí la aparente paradoja de que sean precisamente Fraga y Gallardón, la vieja extrema derecha de Alianza Popular a duras penas reciclada para la causa de la civilización con la refundación aznarista del PP, los más entusiastas palmeros del criptonacionalista Rajoy y sus simpáticos becarios.

¿Confederación ibérica o federación de taifas? Qué más da con tal de que los pille el cambio de régimen en comisión de servicio.

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