Abascal no es un felpudo

José García Domínguez

Hay dos cosas que el aún teórico partido bisagra de la política española, Ciudadanos, no puede hacer, y bajo ningún concepto, en Madrid. No puede pactar con el PSOE. Y no puede pactar con Vox. No puede pactar con el PSOE porque la tan desatada ambición de su líder por disputar la hegemonía del cercado de la derecha al PP supone una barrera que convierte en inviable esa hipótesis de trabajo. Y tampoco puede pactar con Vox, por la misma razón. Competir con el PP con el propósito inmediato de apoderarse de su base sociológica, el afán casi único que ocupa la mente de Rivera, exige como condición sine qua non enfatizar ante la opinión pública las señas de identidad diferenciales de Ciudadanos. Un objetivo que no se puede lograr apelando solo a ese etéreo liberalismo algo básico y simplón que se ha convertido en la nueva etiqueta doctrinal del partido. Prometer bajar todo tipo de impuestos, que a poco más se reduce el asunto, es algo que también pueden hacer el PP y Vox. Pueden hacerlo y, de hecho, lo hacen. El gran problema de Ciudadanos para marcar un perfil específico cuando más lo necesita es la ausencia en España de corrientes populistas dentro de la derecha política.

Porque el PP, tanto el antiguo como el nuevo, está vacunado de fábrica contra el populismo. Pero es que Vox tampoco ejerce de populista. El populismo, contra lo que tanto se repite, no es una forma especialmente demagógica, sentimental y manipuladora de dirigirse al cuerpo electoral utilizando los medios de comunicación audiovisuales. El populismo no es Revilla con la lata de anchoas, para entendernos. El populismo del siglo XXI es un discurso económico antiliberal que reivindica la vieja soberanía del Estado-nación frente a las fuerzas impersonales del mercado que confluyen en la llamada globalización. Populistas en ese sentido, el único hoy genuino, son Trump, Salvini, Putin, Orban, Bolsonaro o Le Pen. Y ni el PP ni Vox, tampoco Vox, están en eso. De ahí que ahora resulte tan complicado para Rivera el empeño. Se vio de forma muy plástica y palmaria en Colón: cuando en Ciudadanos quieren que se les perciba como algo distinto y distante de las otras derechas, se envuelven en dos banderas, la de los gays y la de Europa. Macron y Le Pen no están enfrascados en ninguna guerra cultural porque su confrontación principal es la que contrapone en el tablero político dos proyectos económicos y sociales radicalmente distintos para Francia y para Europa. Pero eso, ya se ha dicho, aquí no ocurre.

De ahí el desmedido protagonismo escénico de simples causas sectoriales, como el feminismo o todas las relacionadas con las minorías sexuales, en las estrategias de los partidos españoles. En ausencia de verdaderos programas económicos populistas, Vox necesitará aferrarse cada vez más a las guerras culturales para justificarse como un proyecto segregado del PP ante su clientela. Y lo mismo le está ocurriendo ya a Ciudadanos en relación a los otros dos componentes del Bloque de Colón. Ahora mismo, Rivera no puede pactar nada con Vox a la luz del día, so pena de hipotecar la viabilidad de su proyecto de opa contra el PP. Y por eso se aferrará como gato panza arriba al modelo andaluz. A Abascal, Ciudadanos le va a ofrecer como plato único una segunda taza de caldo sevillano. Más humillaciones, más desprecios y más ninguneos a cambio de nada. Posado ya algo manido, el de los naranjas, que Isabel Díaz Ayuso, la ganadora de las elecciones, podría desvanecer por la muy sencilla vía de presentarse sin pactos previos a la investidura, dejando a Rivera con la responsabilidad personal de forzar una repetición electoral que entregara la Comunidad de Madrid a las izquierdas. Tan simple como eso.

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