Sánchez, Rivera y Dinamarca

José García Domínguez

Tanto el presidente Sánchez como el vicepresidente Rivera ansían que nuestro país deje de recordar cada vez más a Guatemala y comience a parecerse un poco, siquiera un poco, a Dinamarca. Un deseo, el suyo compartido, por el que nadie podrá acusarlos de originales. Y es que ese pequeño rincón nórdico encarna hoy el modelo a imitar para todos lo que aspiran a una forma de capitalismo capaz de conciliar eficiencia económica y equidad social en el marco de economías abiertas y sometidas de continuo a la presión competitiva global, las inexorables en nuestro tiempo histórico. Pero el presidente Sánchez, y con razón, cree que España nunca podrá ser como Dinamarca si nuestra presión fiscal continúa resultando tan inferior a la de Dinamarca. Por su parte, el vicepresidente Rivera, y con la misma razón, barrunta justo lo contrario, que España jamás llegaría a ser igual que Dinamarca si, aquí y ahora, nos diera por subir los impuestos hasta equipararlos al nivel danés. A título informativo, recuérdese que la presión fiscal del Reino de España aún se sitúa siete puntos por debajo de la media en la Zona Euro, al tiempo que la de Dinamarca resulta ser la más alta de todas, alcanzando un 56% del PIB. La paradoja es que los dos, igual Sánchez que Rivera, andan en lo cierto.

Los economistas liberales suelen basar sus loas al sistema de mercado en el hecho de que en él los precios son un retrato fidedigno de los cortes de producción. Algo que, sin embargo, no siempre ocurre en la realidad. Sin ir más lejos, el precio que cobran cada mes la mitad de los asalariados que hay en España, cuantos ingresan como máximo mil euros de sueldo, no cubre, ni de lejos, el coste que suponen para el Estado (del bienestar). No es que sean muchos, es que ya son la mitad (el 46,4%) de todos los trabajadores por cuenta ajena del país (el dato procede de la Agencia Tributaria en 2014). Algo tan intuitivamente demencial, que uno de cada dos trabajadores no pague impuestos, solo dejaría de ser eso, demencial, si fuésemos Guatemala y el Estado no ofreciera nada de nada a nadie. Pero aquí, por ventura, todavía no somos Guatemala: el Estado provee de servicios educativos, sanitarios y otros muchos a la totalidad de la población, pese a que la mitad de esa población apenas contribuye a sufragar una pequeña fracción de su coste con los impuestos indirectos, el IVA y poco más. Y eso, políticamente, no hay nación que lo aguante. Ninguna.

Si mañana en la tan loada Dinamarca dejase de pagar impuestos la mitad del censo, al punto habría una revuelta fiscal de la otra mitad. Exactamente igual que acabará pasando aquí si la clase media continúa viendo cómo se reducen sus efectivos numéricos. La clase media que es, nadie lo olvide, el gran vivero electoral de los dos partidos del centro. Esa clase media española estará dispuesta a pagar más impuestos solo si llegara al convencimiento de que podría beneficiarse de su contrapartida en forma de mejores servicios públicos. Lo que no podrá ocurrir mientras el modelo productivo auspiciado por el Gobierno siga provocando más y más polarización de renta entre ella y los nuevos pobres con trabajo. Cuanto más y más se estreche la clase media, más y más abandonará la escuela y la sanidad públicas. Y cuanto más se generalice esa deserción, más se verá amenazado el proyecto de país que, con los lógicos matices, comparten PSOE y Ciudadanos. Porque el problema, el grande, el serio, el de verdad, el que nos aleja de Dinamarca cada hora que pasa, es el maldito modelo productivo, no las Diputaciones.

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