Sánchez no era el malo

José García Domínguez

A diferencia de Corbyn, el líder de los laboristas con quien tanto se le viene comparando en los últimos días, Pedro Sánchez no era (procede ya hablar en pasado) ni un izquierdista al uso ni tampoco un intelectual imbuido del pensamiento heterodoxo y refractario al canon que comparten las elites del establishment en Bruselas. Bien al contrario, y aunque ahora ya nadie quiere acordarse, Pedro Sánchez fue el candidato favorito de la derecha española, que lo jaleó con entusiasmo frente a su adversario Madina, cuando las primarias del PSOE. Y, sin embargo, ni Madina era más de izquierdas que Sánchez ni viceversa. A fin de cuentas, ¿en qué se diferencian desde el punto de vista doctrinal Ximo Puig, Iceta, Chacón, Page, Fernández Vara y el resto de los trescientos y pico miembros de ese Comité Federal que a punto estuvieron de llegar a las manos hace apenas unas horas? La respuesta se antoja bien sencilla: en nada. Todos, quizá con la significativa excepción de Susana Díaz, mujer diríase que impermeable a la letra impresa, se han amamantado en las páginas de Opinión del periódico que ha ejercido de implacable brazo ejecutor del secretario general. Más allá de esa dieta blanda y cada vez más baja en calorías ideológicas, poco sustrato teórico se puede encontrar en ninguno de ellos, por mucho que se rasque.

Así las cosas, lo más probable es que el volantazo a la izquierda de Sánchez que habría de terminar con sus huesos en la cuneta fuera fruto del puro y simple oportunismo. Algo, los motivos subjetivos que lo impulsaron a obrar tal como lo hizo, que no tiene mayor importancia, por lo demás. Trump, por ejemplo, un multimillonario zafio, ignorante y clasista, ha logrado la nominación republicana merced a encabezar la defensa de los intereses proteccionistas de la empobrecida clase obrera blanca de la América profunda. ¿Y lo ha hecho por convicción personal alguna? Sin duda, no. En cualquier caso, sería lo de menos. Había un nicho de mercado libre y él lo supo ocupar. Todo lo demás, que pretenda la Casa Blanca para cultivar su ego, para emular Juego de tronos o para optimizar su vida sexual, resulta accesorio. Oficialistas y críticos, vencedores y vencidos, susanistas y pedristas, comparten idéntica matriz ideológica: el asentimiento resignado a las reglas impersonales del mercado con un muy leve énfasis en la fiscalidad directa, ya única seña de identidad residual frente a las consabidas recetas de liberales y conservadores. Lo que los enfrenta hoy, pues, no son las ideas o los amorfos sucedáneos que encubren su ausencia, sino los caladeros electorales donde unos y otros acuden a pescar. Caladeros muy distintos y que se reflejan bastante bien en las propias figuras de Sánchez y Díaz.

Al cabo, Pedro Sánchez, un joven universitario, políglota y con la mentalidad y el estilo de vida propios de las clases medias urbanas, encarna el retrato robot sociológico de los votantes de… Podemos. Esos montones de economistas o ingenieros con dos masters y el preceptivo dominio oral y escrito del inglés que están ganando 800 euros al mes, y gracias, con un contrato basura o teniendo que hacerse pasar por falsos autónomos. En cuanto a Díaz, salvo por la edad acaso, podría personificar a esas clases populares en el meridiano de la vida que han sobrellevado la crisis sin mayores trastornos. Los trabajadores sindicados y blindados con contratos indefinidos y altas indemnizaciones frente al riesgo del despido; esto es, el estrato de los obreros manuales mayores de 45 años y con escasa formación académica que ahora mismo constituyen el grueso del electorado todavía fiel al PSOE, sobre todo cuanto más se avanza hacia la región sur de la Península. Las ideas, o las no-ideas, serán las mismas, pero los públicos respectivos resultan ser muy, muy distintos. De ahí el conflicto. Y ello porque Podemos ha tenido la lucidez estratégica de saber capitalizar el choque de placas tectónicas que se está produciendo en nuestra estructura de clases. Como bien acaba de verbalizar Josep Borrell, a quien se está llevando al huerto Podemos es a sus propios hijos, los vástagos frustrados de esa clase media urbanita, laica e ilustrada que toda la vida votó en clave socialdemócrata. Desde 2008, asistimos a la ruptura de un pacto social tácito, el que garantizaba la pax del bipartidismo en el Congreso de los Diputados. Un contrato por el cual las clases medias tenían pocos hijos a fin de poder costear una inversión formativa en ellos muy intensa. Esfuerzo que encontraba luego su recompensa con la movilidad social ascendente de su descendencia. Así era España hasta que el ascensor social, de repente y sin previo aviso, se averió. Quien ha empujado hacia la progresiva marginalidad al PSOE no ha sido Pedro Sánchez, sino ese maldito ascensor parado. Gane al final quien gane, oficialistas o críticos, el PSOE tiene todas las de perder.

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