Bárcenas

¿Sabrá Rajoy lo que está haciendo?

José García Domínguez

A ese tesoro hundido que respondía por Bárcenas –a partir de ahora Luis el Cesante– lo acaban de dimitir después de eternizar hasta la náusea una situación ética, estética y políticamente insostenible. Y es que eso de acunar con mimo a un delincuente presunto constituye deporte de riesgo cuya práctica impune sólo cabe en el municipio de Barcelona y en ciertas comarcas, no en todas, de la isla de Sicilia. Repárese al efecto en la infinita lista de galardones y honores con que las instituciones catalanas han premiado el ejemplo cívico del conocido ex presidiario Fèlix Millet i Tusell. Por no mentar a otro ilustre convicto de delitos comunes, Josep Maria Sala, una de las personalidades más respetadas por la famosa sociedad civil local.

Madrid, a pesar de todo, aún es otra cosa. Por eso, de grado o a la fuerza, L.B., el mismo que hace apenas unos días se decía feliz y contento tras haber dado con sus huesos en el banquillo de los apestados, acaba de avanzar un pasito más hacia su destino cierto: la muerte civil. No obstante, que Luis el Bocazas haya accedido a apartar sus manos de la caja del dinero supone lo que en matemáticas se llama una condición necesaria pero no suficiente. Al cabo, la cuestionada honradez del contable de Rajoy es bagatela que apenas incumbe a sus empleadores. Sin embargo, la incierta decencia del senador del Reino Luis Bárcenas, ésa nos importa a todos los españoles, que a todos –y no sólo a los votantes del PP– nos representa el personaje en cuestión.

Ergo, presumir que Luis el Cesante ya no resulta digno de pisar la inmaculada moqueta de Génova 13, pero sí, en cambio, para continuar sentando sus reales en la Cámara Alta, implica suponer que la honra de un simple partido político vale mucho más que la de la Nación española. Y eso, señores, quizá sea mucho suponer. De ahí que ya esté tardando el Partido Popular en expulsar de su grupo parlamentario al justiciable. Condición primera, urgente e ineludible con tal de extinguir toda sospecha de complicidad con el encausado. Condición, por cierto, que el gallego parece no tener intención alguna de satisfacer. ¿Sabrá lo que está haciendo? A lo peor, sí.
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