Rescatar al soldado Mas

José García Domínguez

Un recordatorio de lo obvio: tras toda la grandilocuente hojarasca retórica sobre las virtudes del mercado, la economía es poco más que un juego de incentivos. De ahí, por ejemplo, el fracaso histórico del comunismo: en casi un siglo de poder absoluto no logró dar con alguna razón convincente para que la gente se pusiera a trabajar a las ocho de la mañana. ¿A qué extrañarse, pues, del actual cortocircuito financiero de nuestras Comunidades Autónomas? Un sistema diseñado con estímulos perversos no las podía abocar a algo muy distinto de un colapso perverso.

¿O acaso cabría esperar resultado diferente de la LOFCA, esa tarjeta Visa con saldo ilimitado para el titular durante dos largos años? Que no otro resulta ser el plazo entre los adelantos a cuenta que reciben las regiones y el día de la verdad. O sea, el instante de cuadrar con el Montoro de turno las cuentas del Gran Capitán. Dos años, tiempo de sobra para que cada Napoleón doméstico con mando en plaza se ponga el mundo por montera. Añádase la probabilidad de que en ese intervalo hayan de celebrarse elecciones en la demarcación de marras y la bomba estará servida. Sobre todo, en tiempos de crisis, cuando la distancia entre la recaudación fiscal soñada y la efectiva acostumbra a tender a infinito. Así las cosas, con las haciendas autonómicas viene a ocurrir aquello que solía decir Borges de los peronistas: no es que sean mejores o peores, es que no tienen remedio.

Por algo, excepto Madrid, La Rioja y Galicia, todas ellas están llamadas a incumplir el objetivo oficial de déficit fijado para 2012. Nada nuevo bajo el sol: ya es arraigada tradición que se repite cada año. Sin embargo, y al margen de cuitas ideológicas acerca de la estructura del Estado, ninguna fatalidad del destino obliga a que semejante situación se perpetúe. No ocurre en Alemania, un estado federal con todas las de la ley. Y tampoco en Estados Unidos, Canadá, Bélgica o Austria. Existen vías, claro que sí, para que la política regional entre de una vez en la vida adulta. Ese mundo ajeno a las dulces mieles de la infancia donde hay que responder de los propios actos. Federalismo fiscal se llama la figura.

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