Regreso al planeta de los simios

José García Domínguez

Ignacio Vidal-Folch, una de las contadas voces catalanas de su generación que ha osado mantenerse ajena a la traición de los clérigos, se preguntaba ayer, en El País, cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí. Una pregunta, o más bien una angustia, recurrente ya entre tantos que, creyendo haber nacido y crecido en el rincón más moderno, abierto y europeo de esta arisca península rifeña, han descubierto incrédulos la barbarie ética y estética del nacionalismo no ya como lerdo borrón en el paisaje, sino convertida toda ella en el paisaje mismo. Miles de páginas se han emborronado tratando de dar con alguna respuesta plausible a esa súbita mutación presunta de la sociedad catalana, la que se habría producido en el último cuarto de siglo.

Unos lo atribuyen, así el propio Vidal Folch, a la claudicación de la izquierda, que habría abdicado del universalismo internacionalista propio de su doctrina por efecto de no se sabe muy bien qué. Otros, más conspiranoicos, apelan a la siniestra eficacia de los aparatos de inculcación ideológica manejados por la Generalitat, desde la cotidiana catequesis del relato nacionalista en la escuela hasta la muy obscena agiticación permanente que retrata a los predicadores identitarios de TV3. Los de más allá, en fin, quieren dar con el origen de la mutación en la genuina naturaleza oculta, a su juicio liberticida y totalitaria, del catalanismo político. Los unos buscan explicaciones en la fatal renuncia a los padres fundadores del pensamiento progresista. Los otros, en sucedáneos más o menos elaborados de Los protocolos de los sabios de Sión, una artera conjura para deconstruir la ferviente españolidad de los catalanes elaborada en los sótanos de la Plaza de San Jaime.

Nadie repara, sin embargo, en la causa que más se compadecería con los fundamentos de la lógica, la que nos retrotrae a la muy desoladora escena final de El planeta de los simios, cuando Charlton Heston descubre que, en realidad, nunca ha salido de casa tras atisbar los últimos restos de la Estatua de la Libertad en una playa desierta. Ellos, caro Ignacio, siempre estuvieron aquí. En la derecha y en la izquierda, en todas partes. Siempre. Todo el tiempo. Los frikis y marginales éramos nosotros, los cuatro locos cosmopolitas que creíamos haber nacido y crecido en un lugar normal. Y no busquéis otra explicación. No la hay.

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