Debate

Refutación del tabaco

José García Domínguez

En diálogo memorable, acaso de los más soberbios que nunca haya producido nuestra Literatura, Max Estrella revela a un Don Gay que la miseria moral del pueblo español reside en su chabacana sensibilidad frente a los grandes conceptos de la existencia. Para el español, sentencia clarividente el ciego, la Vida es un magro puchero; el Infierno, una caldera repleta de aceite hirviendo donde los pecadores se fríen como boquerones; el Cielo, una kermés sin videoclips de Lady Gaga a la que, con preceptiva licencia del señor cura de la parroquia, acceden las Hijas de María. Y la Libertad –le falta añadir–, la sagrada prerrogativa de liarse un caliqueño en medio de cualquier sala de espera de la Seguridad Social.

Y es que solo aquí cabría inferir que Locke compuso los Dos ensayos sobre el gobierno civil con tal de que la tropa pudiese exhalar alquitrán impunemente en tascas, ventorros y tabernas. Con pareja desolación, el célebre Doctor Johnson observaría, en 1778, a propósito de nuestros vecinos: "Los franceses son un pueblo rudo, malcriado e inculto: una dama puede arrojar un escupitajo al suelo y frotarlo con el pie". Aunque si bien es cierto que los cortesanos de los Capetos gustaban de verter aguas menores –y mayores – tras las columnatas de Versalles, nunca hubiesen osado dar una calada de pitillo en el interior de sus salones. Nobleza obliga.

Otro Johnson no menos lúcido, Paul, certifica a su vez que los adictos rehúsan admitir que el fumar, como pasear a los canes, es por su propia naturaleza algo que ha de hacerse al aire libre. De ahí que en las naciones civilizadas la hebra accediera a los interiores por muy breve período. Así, apela Johnson a Jacobo I, que en su Refutación del tabaco juzga inconcebible fumar dentro de una casa. La mayoría de los hombres, añade ahí, dan en fumar por borreguil gregarismo, tras ver que otros lo hacen. En cuanto a las mujeres, endosa la culpa toda al marido fumador, que obliga "a una esposa delicada, sana y de cutis inmaculado a corromper también su dulce aliento, o bien decidirse a vivir en un perpetuo tormento de hediondez". Por algo, hasta los mesoneros más patibularios de su tiempo forzaban a los fumadores a segregarse en un banco a la intemperie. El lugar que les corresponde, por lo demás.

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