Nissan y los sindicatos

Refundando el capitalismo

José García Domínguez

Los sindicatos españoles padecen una enfermedad muy parecida a la que sufre Zapatero, víctima de una extraña dislexia ontológica que le empuja a confundir la OTAN con la UNICEF, el G-7 con el Patronato de la Fundación Gloria Fuertes, y el FMI con el Club Disney. Síntoma inequívoco de esa tara congénita es la reacción instintiva, pauloviana cabría decir, de sus líderes ante cualquier reducción de empleo por parte de alguna multinacional. Así, su primera respuesta es invariablemente la misma: impedir el tráfico rodado a través de una autopista o arteria urbana de máxima circulación. Si en la Alta Edad Media la profilaxis canónica con tal de combatir los brotes de la peste negra consistía en quemar a unos cuantos judíos en la hoguera, en el siglo XXI los "interlocutores sociales" barruntan que la solución para que Nissan no abandone España pasa por bloquear todos los accesos por automóvil al centro de Barcelona. Progreso se llama la figura.

Al parecer, interceptando por la fuerza el tránsito de autobuses, coches, motos, bicicletas y triciclos en la Avenida Diagonal a la altura de la Plaza de Francesc Macià, el proceso de integración de la economía mundial se detendrá de golpe; los baratísimos trabajadores vietnamitas dejarán ipso facto de constituir una alternativa rentable a las viejas factorías automovilísticas de Europa occidental; y lo mismo ha de ocurrir con la creciente productividad de la mano de obra china, que se hundirá por obra y gracia del gran atasco en la Ciudad Condal. En fin, llegados a ese punto de inflexión craneal, a la irracionalidad sindical suele suceder la charlatanería de los políticos a cuenta del sacrosanto principio de la defensa de los puestos de trabajo.

Sin embargo, por quienes deberíamos preocuparnos es por los trabajadores, no por los puestos de trabajo. Olvidémonos de una vez de la rancia demagogia de los puestos de trabajo. Más que nada, porque la ceguera colectiva a favor de políticas que "defiendan" los puestos de trabajo sólo nos puede conducir a la universalización de esa forma posmoderna de la miseria que se llama mileurismo. La razón es bien simple: los empleos manufactureros, los famosos puestos de trabajo susceptibles de ser expatriados en cualquier momento a China, sólo van a quedarse aquí si su precio se aproxima cada vez más al que se paga en Pekín. Única y exclusivamente si se cumple esa sórdida premisa. De ahí que nadie con dos dedos de frente puede pensar que la SEAT de Barcelona o la Ford de Valencia vayan a seguir donde están el lejano día que esta crisis se dé por acabada.

Suerte que el próximo fin de semana toca refundar el capitalismo y este artículo ya no tendrá nada que ver con la realidad.
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