Críticas a Ratzinger

Reaccionario, integrista y dogmático

José García Domínguez
Lo glosa Alain Finkielkraut en La derrota del pensamiento: Ulrich, el hombre sin atributos de Musil, renunció definitivamente a todas sus ambiciones cuando por primera vez oyó calificar a un caballo de carreras de genial. Entonces era un científico prometedor, una joven esperanza de la república de los espíritus. Pero ¿para qué obstinarse? “En su juventud acuartelada, Ulrich apenas había oído hablar de otra cosa que no fueran mujeres y caballos, se había zafado de todo eso para llegar a ser un gran hombre, y he aquí que en el mismo momento en que, tras infinitos esfuerzos, habría podido sentirse cerca del objetivo, el caballo que le había precedido lo saludaba desde abajo…”
 
Hasta aquí, uno de los iconos culturales sagrados de cuando la izquierda aún pisaba las bibliotecas, condenando, en 1913, exactamente lo mismo que Benedicto XVI, hoy: la dictadura del relativismo. Si algún día a Telecinco le da por producir la adaptación modernizada de la obra –es decir, en dibujos animados y con banda sonora de Ramoncín–, no sólo a Chaves, incluso al pobre Simancas se le caerá la Play Station de las manos al descubrirlo.
 
Pero como Berlusconi anda muy ocupado en otros asuntos y no encuentra tiempo para lo de la serie, ellos siguen encolerizados con el Vaticano. Ahora, porque los cardenales se empecinan en incumplir su mandato de nombrar Papa a algún híbrido entre el alcalde de Marinaleda y Rigoberta Menchú con unas gotitas de Antonio Gala y el padre Apeles; es más, reinciden en la impertinencia de elegir para ese magisterio exclusivamente a católicos practicantes de estricta observancia. Y hasta ahí podríamos llegar, hombre.
 
En el fondo, lo que les resulta inadmisible de los Pontífices no son sus principios, sino el hecho subversivo de que los tengan, sean cuales fueran. Así, Benedicto XVI, igual que Juan Pablo II, a sus ojos, es un reaccionario por rehuir el alegre eclecticismo contemporáneo que ordena seleccionar los valores con el mando a distancia del televisor. Por eso resulta un integrista: porque se niega absurdamente a diluir en cómodas opciones los imperativos éticos de su fe. He ahí el pecado mortal que no le van a perdonar jamás: resistirse a amueblar su conciencia con las estanterías modulares de un self-service. Por tal crimen de lesa modernidad, el dedo acusador que empezó a señalarlo ayer, ya no dejara de perseguirlo nunca. Y es que para ese anacrónico pastor, la Biblia no resulta equivalente al Corán o al último manual de autoayuda que arrase en los quioscos; Cristo no deviene intercambiable por Buda o el tarot egipcio; la Iglesia de Pedro no representa una alternativa a los cursillos mixtos de aeróbic y meditación trascendental; Mozart no se puede comparar con Tony Ronald; un par de botas nunca equivaldrá a Shakespeare, y un cuadrúpedo no puede ser genial, por mucho que triunfe en los estadios. En fin, todo un dogmático. Vaya, casi peor que Musil.
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