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Rajoy o la anti-utopía

José García Domínguez

"La gente no espera de nosotros otra cosa que mejoras, eficacia y recuperación", espetó Rajoy a los fieles antes de cruzar bajo palio el puente de Triana camino de la terminal del Ave. Por fin, alguien que no promete ni la felicidad ,ni la salvación, ni la paz perpetua, ni el reino de Dios en la Tierra. Ni siquiera la Luna. Un escéptico que parece haber comprendido que la política no consiste más que en el arte de ingeniar modestos remedios provisionales  para alivio de los males recurrentes de la existencia humana. Y sobre todo, en abstenerse de multiplicarlos. Virtuoso sin igual del anticlímax, lo único extraño, si bien se mira, es que no se haya obrado el milagro de Pentecostés en la figura del presidente.

Y es que tras esa sorna gallega tan suya laten las formas y el fondo de un viejo conservador británico. Un tory de los de antes, los genuinos. Nada que ver con el redentorismo algo histriónico de la Thatcher y sus fervientes apóstoles del libre mercado. Rajoy o la anti-utopía. Mejoras, eficacia y recuperación. La prosaica modestia de esos objetivos se da de bruces con los cantos de sirena de las religiones políticas que, a diestra y siniestra, han venido a ocupar el espacio de la fe tradicional. Esas iglesias laicas empeñadas en suplantar el culto bíblico por la adoración al dios del Progreso. Como si semejante quimera hubiera existido alguna vez.

Ya en su día Pla aclaró la confusión semántica que reina al respecto. Decía el de Palafrugell que quizá cabe admitir algún progreso gracias, por ejemplo, a la invención del cuarto de baño (la gente se ducha por las mañanas, las damas disponen del bidet…) e invenciones parejas. Pero en cuanto a la perfectibilidad moral de los hombres, no hay –sostenía con lucidez –  prueba alguna de que hayamos avanzado un solo milímetro desde Pleistoceno a esta parte. Es sabido, la izquierda fue hija de Rousseau hasta que a Peter Pan se le ocurrió adoptar a Zapatero. Y Hobbes ejerció la patria potestad de la derecha antes de que, a finales del siglo XX, el sarampión mesiánico se instalara en el 10 de Downing Street. Mas hete aquí que Rajoy nos ha salido agnóstico. Alabado sea el Señor.

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