¿Quién ordenó asesinar a Carrero Blanco?

José García Domínguez

Es fama que la presunta llegada del hombre a la Luna fue un montaje de la NASA; que la princesa Diana murió víctima de los servicios de espionaje británicos al descubrirla el MI-6 encinta del musulmán Dodi al Fayed; que el virus del sida surgió de los laboratorios subterráneos del Vaticano con el propósito de exterminar a la población homosexual; que la Orden de los Illuminati es quien en verdad gobierna el planeta desde que, hace doscientos años y pico, decidiera infiltrarse en todos los centros de poder mundiales, empezando por las logias masónicas, siguiendo por los círculos financieros judíos, continuando por la Casa Blanca y terminando por el Consejo de Administración de la Pepsi-Cola; y que, en fin, Elvis Presley está vivo y reside en una isla secreta donde tiene por vecino de bungalow a John Lennon.

A qué extrañarse, pues, de que la televisión pública española se dedique ahora a propalar entre la población que el almirante Carrero Blanco fue asesinado por un consorcio integrado a partes iguales por el Gobierno de los Estados Unidos y unos rústicos guipuzcoanos de la ETA. ¿Por qué no habría de hacerlo? A fin de cuentas, y aunque solo fuera desde el punto de vista estético, la teoría conspirativa de la historia resulta muy superior a cualquier alternativa racional que se le contraponga. Ante una acumulación de acontecimientos en apariencia aleatorios, la conspiración propone una narrativa que aporta orden en el caos de las percepciones. Las doctrinas conspirativas otorgan un patrón, un significado, un hilo conductor que permite descifrar las claves arcanas de la realidad a los iniciados.

Introducen certidumbres simples en un mundo complejo donde ya no las hay. Y de ahí su indudable éxito popular. Porque casi nadie concede resignarse a un universo sensible tan prosaico y vulgar como el que a diario nos descubren nuestros sentidos. La gente necesita creer que existe una trastienda oculta desde donde todo se controla. En pleno siglo XXI, el espíritu conspiranoico de Los Protocolos de los sabios de Sión se impone a la lúcida cosmovisión de Nicole Kidman. Una clarividencia, la de esa mujer, que en Días de trueno la empujaría a gritar a Tom Cruise, el tontaina de su ex marido: "Oye, egocéntrico infantil: el control es una ilusión. ¡Nadie controla nada!". Pero nada.

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