¿Qué hacer con RTVE?

José García Domínguez

En España, es sabido, solo hay algo aún peor que la televisión pública: la televisión privada. Así las cosas, los ciudadanos son libres para elegir entre la basura que produce el mercado y la basura pareja que les provee el Estado. Pluralismo democrático se llama la figura. ¿O acaso existe alguien capaz de determinar cuál es la frontera moral, ética y estética que ha separado a la tropa de Berlusconi del tal Echenique? Ya son muchos, demasiados años como para que no nos rindamos a la evidencia de que ese asunto, el de la caja que atonta, no tiene remedio. La televisión, prodigiosa máquina de engendrar adolescentes crónicos a ambos lados de la pantalla, es intrínsecamente perversa. Y nada cabe hacer al respecto. Nada. No tiene remedio la pública, pues gobierno alguno renunciará jamás a convertir los informativos en un apéndice ministerial con sus pequeños y malolientes guardianes de la ortodoxia sembrando el terror en las redacciones.

Y tampoco tiene remedio la privada, pues, tal como se demostró con creces tras la implantación de los canales de TDT, no existe una masa critica entre la audiencia que haga factible rentabilizar comercialmente contenidos de calidad. En el mercado español de la televisión, exigencia, rigor y seriedad son tres sinónimos de ruina. Guste o no, es lo que hay. Reinsertar a RTVE en la cruda lógica mercantil de la financiación publicitaria, el reclamo de los anunciantes hoy sometidos al dictado del duopolio, implicaría prostituir – por enésima vez – la idea del servicio público, única coartada intelectual que aún legitima mantener en funcionamiento el Ente.

Seguir sosteniéndola, como hasta ahora, en el limbo de la marginalidad pensionada, con una cuota de pantalla que a duras penas ronda un 10% en el mejor de los supuestos, acaso sería un lujo a nuestro alcance si no fuese por el pequeño detalle baladí de que ahí hay que pagar 6.000 nóminas todos los meses. Cerrarla, recurrente fantasía de los cándidos de todos los partidos, dejaría el frente de la comunicación en manos de los nacionalistas de aquí al Juicio Final. En España, la televisión estatal nació como un instrumento de agitación y propaganda al servicio de una dictadura. Y únicamente como instrumento de agitación y propaganda al servicio del poder se sigue revelado útil y eficaz. He ahí TV3 para demostrarlo. Lo dicho, el asunto no tiene remedio.

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